{"id":335,"date":"2018-11-01T08:19:33","date_gmt":"2018-11-01T08:19:33","guid":{"rendered":"https:\/\/luarevista.com\/?p=335"},"modified":"2020-04-11T17:37:25","modified_gmt":"2020-04-11T17:37:25","slug":"el-carnicero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/luarevista.com\/web\/2018\/11\/el-carnicero\/","title":{"rendered":"El carnicero"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading\">Por: Adolfo Ceballos V\u00e9lez <\/h4>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">adolfo.ceballos.velez@gmail.com<\/p>\n\n\n<figure id=\"attachment_459\" aria-describedby=\"caption-attachment-459\" style=\"width: 723px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"wp-image-459 \" src=\"https:\/\/luarevista.com\/wp-content\/uploads\/2018\/11\/34.jpg\" alt=\"\" width=\"723\" height=\"566\" srcset=\"https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-content\/uploads\/2018\/11\/34.jpg 1000w, https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-content\/uploads\/2018\/11\/34-600x470.jpg 600w, https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-content\/uploads\/2018\/11\/34-300x235.jpg 300w, https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-content\/uploads\/2018\/11\/34-768x601.jpg 768w\" sizes=\"auto, (max-width: 723px) 100vw, 723px\" \/><figcaption id=\"caption-attachment-459\" class=\"wp-caption-text\">\u00a9Maria Laura Ise, m\u00e1s de ella en: http:\/\/marialauraise.com\/<\/figcaption><\/figure>\n<p>En la trastienda, Olegario destaza un marrano reci\u00e9n tra\u00eddo del matadero. Corta cada secci\u00f3n con delicadeza y separa h\u00e1bilmente las costillas de la carne fibrosa.<\/p>\n<p>Los golpes sordos de su macheta marcan el comp\u00e1s de su vida.<\/p>\n<p>Piensa en su mujer y la discusi\u00f3n que tuvieron esa ma\u00f1ana: ella se quej\u00f3 de su indiferencia, de lo aburrida que estaba y le exigi\u00f3 cumplir su promesa de llevarla el fin de semana al balneario de Playa Cristal.<\/p>\n<p>Olegario hizo aquella promesa un a\u00f1o atr\u00e1s para quit\u00e1rsela de encima. Ahora tendr\u00e1 que cumplirle.<\/p>\n<p>Por un instante imagina lo que ser\u00e1 caminar de la mano con su esposa bordeando la playa. Piensa en las carnes rechonchas de ella desbord\u00e1ndose fuera del vestido de ba\u00f1o, y en \u00e9l mismo en pantaloneta y camisilla. Le parece una escena vergonzosa, digna de burla.<\/p>\n<p>\u201cYa no estamos para eso&#8230;\u201d Piensa \u00e9l.<\/p>\n<p>En ese momento tintinea la campanilla de la puerta. Alguien entra en la carnicer\u00eda.<\/p>\n<p>Olegario se limpia las manos sobre el delantal de manchas p\u00farpuras y recorre la estancia hasta llegar al mostrador.<\/p>\n<p>&#8211; Buenas, don Olegario&#8230;<\/p>\n<p>La muchachita est\u00e1 del otro lado. Es menuda, de unos quince a\u00f1os y viste uniforme de colegiala. \u00c9l observa sus brazos torneados y blancos, donde cuelgan unas pulseras de pl\u00e1stico, y se fija en aquel rostro opalino de mejillas sonrosadas.<\/p>\n<p>No deja de ver los labios abullonados de la chica, enrojecidos por un chupete que desliza coqueta mientras habla:<\/p>\n<p>&#8211; Disculpe&#8230; es que vengo a pedirle un favor.<\/p>\n<p>Olegario se deleita con aquella visi\u00f3n y siente que la picard\u00eda de esos ojos almendrados le quemar\u00e1 las entra\u00f1as.<\/p>\n<p>Sonr\u00ede de vuelta.<\/p>\n<p>&#8211; Dime, Laurita, \u00bfen qu\u00e9 puedo ayudarte?<\/p>\n<p>Ella se acomoda las trenzas y vuelve a sonre\u00edr.<\/p>\n<p>&#8211; Qu\u00e9 pena venir a molestarlo, pero es que en el colegio estamos haciendo una colecta para comprar dotaciones deportivas, ya sabe: balones, aros y esas cosas. Nos encargaron recoger el dinero entre las personas del barrio y quisiera saber si podr\u00eda dejarle mi tarrito sobre la vitrina para que la gente haga sus donaciones.<\/p>\n<p>\u00c9l no quiere aceptar; piensa en lo dif\u00edcil que ser\u00e1 estar pendiente del bendito tarro y que nadie se lo robe. Pero ella insiste y le dice que es para colaborar con una buena causa. Y pronuncia cada palabra meciendo su cabeza, al tiempo que clava sus ojos avellana en los achinados y rojizos de Olegario.<\/p>\n<p>Las trenzas se mueven al comp\u00e1s de aquel vaiv\u00e9n.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfY cu\u00e1ndo vendr\u00edas a recoger el tarro? \u2014pregunta Olegario, rasc\u00e1ndose la barbilla.<\/p>\n<p>&#8211; El viernes, como a las cuatro; s\u00f3lo tenemos esta semana. El s\u00e1bado compraremos los implementos y la jornada atl\u00e9tica ser\u00e1 el domingo. Yo soy una de las porristas, \u00bfsabe?<\/p>\n<p>Olegario arquea las cejas.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfDe veras?<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1S\u00ed, don Olegario! Y como nos la pasaremos ensayando, no puedo hacer yo misma la colecta. Por eso le pido este favor.<\/p>\n<p>Olegario se la imagina vestida de porrista, en minifalda, y con el cabello entrelazado en cintas de colores. La ve maquillada, mostrando sus piernas desnudas al realizar las piruetas y saltos. Siente que se le acelera coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>&#8211; Ay, no sea malo don Olegario. Colab\u00f3reme, por faaa&#8230; \u2014le ruega ella, jugando otra vez con el chupete entre los labios.<\/p>\n<p>Olegario exhala un largo suspiro.<\/p>\n<p>&#8211; De acuerdo, de acuerdo. D\u00e9jame el tarro.<\/p>\n<p>Ella sonr\u00ede y sus ojos chispean de alegr\u00eda. Le da las gracias, saca el tarro de su mochila y lo pone sobre el aparador. Olegario se lo recibe y alcanza a rozarle los dedos. Se le eriza la piel.<\/p>\n<p>La chica sale del local dando largas zancadas y Olegario se la queda mirando hasta que ella desaparece en la siguiente esquina.<!--more--><\/p>\n<p>Eso fue el lunes por la tarde.<\/p>\n<p>El mi\u00e9rcoles, Olegario tiene el tarro a medio llenar. Se esmera en que sus clientes, los vecinos de la cuadra, aporten cuantiosas donaciones a la colecta. La mayor\u00eda lo hace, motivados en gran medida por el entusiasmo de Olegario en apoyar el colegio de las monjitas.<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1Es por una buena causa! \u2014dice, convenci\u00e9ndolos y queriendo convencerse a s\u00ed mismo.<\/p>\n<p>En casa, sin embargo, las cosas no van bien. Su mujer sigue reclam\u00e1ndole el paseo del fin de semana y le sirve la comida tir\u00e1ndole los platos sobre la mesa. \u00c9l prefiere no contestarle y en silencio se aguanta la retah\u00edla. Cada cucharada que engulle le sabe a mierda.<\/p>\n<p>Esa noche tampoco logra sacarse a la muchacha de la cabeza. Da vueltas en la cama tratando de conciliar el sue\u00f1o, pero cada vez que cierra los ojos ve aquella figura delgada y p\u00e1lida, de senos incipientes que apenas abultaban la blusa del uniforme y los labios colorados untados de caramelo.<\/p>\n<p>La mujer de Olegario no se da cuenta: ronca exhausta mientras su marido se revuelca entre las s\u00e1banas, empapado de sudor. El hombre no resiste m\u00e1s, sale de la cama y se encierra en el ba\u00f1o para aliviar su martirio. Regresa m\u00e1s sosegado y al fin logra dormirse.<\/p>\n<p>El jueves, el tarro est\u00e1 a punto de llenarse. Olegario lo cambia de lugar porque est\u00e1 demasiado cargado para dejarlo expuesto sobre la vitrina. Se le ve alegre: atiende a los clientes con una rutilante sonrisa e incluso silba en la trastienda al destazar con ternura las reses y los cerdos. El viernes est\u00e1 cerca. Su mujer se desconcierta al verlo tan calmado pese a sus diatribas y cantaletas. Olegario almuerza tranquilo, sin importarle que su esposa le haya salado la sopa o le chamuscara el arroz para presionarlo.<\/p>\n<p>En la noche ya no combate las visiones, sino que se recrea en ellas: imagina a la muchacha sudorosa en su traje de porrista, con el rostro enrojecido y las piernas estiradas&#8230; abiertas.<\/p>\n<p>La emoci\u00f3n del reencuentro le roba el sue\u00f1o.<\/p>\n<p>Al d\u00eda siguiente, Olegario se levanta m\u00e1s temprano que de costumbre. Se siente jovial, rejuvenecido, y le exige al espejo que lo muestre as\u00ed.<\/p>\n<p>Perpleja, su mujer lo ve afeitarse y peinarse minucioso. Tarda una hora larga en el ba\u00f1o; ella le pregunta por qu\u00e9 se arregla tanto, pero Olegario no se digna contestarle. Al fin, su marido sale bien vestido y perfumado rumbo a la carnicer\u00eda. Saluda a los vecinos de camino al trabajo, y al llegar cuelga su gab\u00e1n en el perchero. Luego se pone el delantal manchado.<\/p>\n<p>Pasan las horas, la ma\u00f1ana&#8230; y llega la tarde. Ya son las cuatro.<\/p>\n<p>Se oye la campanilla. Olegario interrumpe su trabajo en la trastienda y se toma su tiempo para lavarse las manos y acomodarse el cabello. Respira profundo y avanza hacia el mostrador.<\/p>\n<p>Asoma su corpulencia por encima de la vitrina.<\/p>\n<p>&#8211; Buenas tardes, don Olegario. Dios lo bendiga&#8230;<\/p>\n<p>Frente a \u00e9l est\u00e1 una de las monjas del colegio.<\/p>\n<p>&#8211; Bu&#8230; Buenas, hermanita. A la orden.<\/p>\n<p>&#8211; Disculpe la molestia, pero Laurita me pidi\u00f3 que viniera a recoger un tarro que le dej\u00f3 el lunes, para la colecta.<\/p>\n<p>Desconcertado, Olegario estira el cuello y busca a la muchacha con la mirada.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfY&#8230; Laurita?<\/p>\n<p>&#8211; Oh, ella no pudo venir \u2014explica la monja\u2014. Es que los ensayos para el evento la tienen muy ocupada. Es de las m\u00e1s juiciosas, \u00bfsabe?, y no ha faltado un solo d\u00eda.<\/p>\n<p>&#8211; Me imagino&#8230; \u2014dice Olegario, con aspereza.<\/p>\n<p>Su jovialidad ha desaparecido. Le dice a la monja que espere un momento y se mete en la trastienda a buscar el tarro. De mala gana se lo entrega.<\/p>\n<p>Ella se sorprende al sentir el peso del envase.<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1Vaya, don Olegario! \u00a1Est\u00e1 repleto!<\/p>\n<p>&#8211; Ya lo ve&#8230;<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1Alabado sea Dios! Todos ustedes han sido muy queridos con Laurita. Estoy segura de que se ganar\u00e1 el premio.<\/p>\n<p>Olegario frunce el ce\u00f1o.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfCu\u00e1l premio?<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1Pues el del colegio! \u2014dice la monja\u2014. \u00bfNo lo sab\u00eda?: la ni\u00f1a que m\u00e1s donaciones obtenga se ganar\u00e1 un viaje familiar de dos noches y tres d\u00edas con todo pago.<\/p>\n<p>&#8211; Ah \u00bfs\u00ed? \u2014replica Olegario\u2014. \u00bfY es que Laura ya tiene muchas?<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1Imag\u00ednese!, con usted ya son siete los tarros que recojo. \u00a1Y todos igual de llenos! En este barrio han sido muy generosos con nosotras&#8230; Dios se los pague.<\/p>\n<p>La monja mete el tarro en un cesto de mimbre y Olegario alcanza a ver los otros seis.<\/p>\n<p>&#8211; Bueno, permiso don Olegario&#8230; y que tenga un buen d\u00eda \u2014dice la monja, levantando con esfuerzo el canasto. La incomodidad de la carga no la deja caminar, y aunque necesita ayuda para llegar a la puerta, Olegario no se aparta del mostrador.<\/p>\n<p>Finalmente logra salir.<\/p>\n<p>Olegario se queda de pie otro rato, pregunt\u00e1ndose cu\u00e1ntos tarros m\u00e1s ir\u00e1 a recoger la monjita. Meneando la cabeza, se devuelve a la trastienda y descuelga el torso r\u00edgido de un cordero. El pedazo de carne, del tama\u00f1o de un ni\u00f1o, ocupa la mitad del mes\u00f3n.<\/p>\n<p>Olegario agarra la macheta y furioso descarga los golpes sobre el animal; cortes salvajes.<\/p>\n<p>La sangre salpica su delantal y pringa contra su cara enardecida.<\/p>\n<p>Tan pronto termina de jadear, se limpia y va hasta la estaci\u00f3n de buses. All\u00ed compra dos tiquetes para ir a Playa Cristal, y en la noche le hace el amor a su mujer.<\/p>\n<p><\/p>\n<p><u>&nbsp;<\/u><\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Adolfo Ceballos V\u00e9lez adolfo.ceballos.velez@gmail.com En la trastienda, Olegario destaza un marrano reci\u00e9n tra\u00eddo del matadero. Corta cada secci\u00f3n con delicadeza y separa h\u00e1bilmente las costillas de la carne fibrosa. Los golpes sordos de su macheta marcan el comp\u00e1s de su vida. 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