{"id":1254,"date":"2019-08-26T17:06:31","date_gmt":"2019-08-26T17:06:31","guid":{"rendered":"https:\/\/luarevista.com\/?p=1254"},"modified":"2020-04-11T17:33:31","modified_gmt":"2020-04-11T17:33:31","slug":"los-pies-del-pescador-por-alberto-munoz","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/luarevista.com\/web\/2019\/08\/los-pies-del-pescador-por-alberto-munoz\/","title":{"rendered":"Los pies del pescador"},"content":{"rendered":"\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"alignright is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"https:\/\/luarevista.com\/wp-content\/uploads\/2019\/08\/23.I-e1566842414976-683x1024.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-1255\" width=\"467\" height=\"700\" srcset=\"https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-content\/uploads\/2019\/08\/23.I-e1566842414976-683x1024.jpg 683w, https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-content\/uploads\/2019\/08\/23.I-e1566842414976-600x900.jpg 600w, https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-content\/uploads\/2019\/08\/23.I-e1566842414976-200x300.jpg 200w, https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-content\/uploads\/2019\/08\/23.I-e1566842414976-768x1152.jpg 768w, https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-content\/uploads\/2019\/08\/23.I-e1566842414976-scaled.jpg 1707w\" sizes=\"auto, (max-width: 467px) 100vw, 467px\" \/><figcaption> \u00a9Ana Maria Cabrera m\u00e1s de ella en  <a href=\"https:\/\/anamariacabrera.weebly.com\/\">https:\/\/anamariacabrera.weebly.com\/<\/a>   <\/figcaption><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"> <\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right wp-block-paragraph\"><strong>ISSN: 2665-3974 (en l\u00ednea)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right wp-block-paragraph\">Luarevista 2, enero-julio 2019<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center wp-block-paragraph\">por Alberto Mu\u00f1oz<strong> &#8211; <\/strong><a href=\"mailto:albertomunoz0426@gmail.com\"><strong>albertomunoz0426@gmail.com<\/strong><\/a><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Treinta a\u00f1os haciendo lo mismo,\nabriendo los ojos en la madrugada, embuti\u00e9ndose las sobras de comida que dejaba\nla noche anterior para luego meterse en su chaqueta de pescador, contar los\nnueve dedos que le quedaban en los pies y encontrarse con el odio y el deseo\nrevueltos en la misma sensaci\u00f3n. -Hoy s\u00ed te pesco- sentenci\u00f3. Cruz\u00f3 la puerta\nde madera y enseguida qued\u00f3 frente al lago.<br>\nMientras caminaba a la canoa atracada frente a su casa en la laguna del\nPauperr\u00ed, una retah\u00edla de oraciones sal\u00eda de sus labios y se mezclaban con los\nrecuerdos que se asomaban sin querer. Recordaba a su esposa&nbsp; joven, vivaz y febril, como lo era hace m\u00e1s\nde veinticinco a\u00f1os cuando escap\u00f3 de su vida. Ella fue la primera en enterarse\nde la historia del pez que le arranc\u00f3 de un mordisco el pulgar del pie\nizquierdo el d\u00eda que pataleaba en las aguas del lago. Nunca se ha sabido gran\ncosa del pez que lo dej\u00f3 sin dedo, solo lo que se dice por ah\u00ed en los\nalrededores de Pueblopobre y el lago: -Que era el pez dorado-. -Que llevaba\nabundancia, poder y felicidad a qui\u00e9n lo encontrar\u00e1-. -Que ya se hab\u00eda tragado\nm\u00e1s de un dedo y nadie lo ha podido agarrar-. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La tarde del accidente, M\u00edsero sali\u00f3\ny dos horas despu\u00e9s, la mujer lo encontr\u00f3 gritando de dicha, diciendo que hab\u00eda\nvisto al pez que brilla, que era real, que por fin ser\u00edan ricos y felices, que\nera su oportunidad para salir&nbsp; de\nPueblopobre. -Me estaba lavando la izquierda -cont\u00f3- cuando ese animal me salt\u00f3\nencima y con todos sus dientes casi me come el pie, me arranc\u00f3 el pulgar y no\npude tocarle ni una escama. Brillaba de punta a punta como oro puro, estuvo\ncasi en mis manos y se escap\u00f3. Lo voy a pillar, hoy o ma\u00f1ana, pero lo voy a\npillar-.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al d\u00eda siguiente del suceso ya\nestaba intentando pescar al pez dorado, gast\u00f3 todo su dinero en una vieja\ncanoa, la misma que treinta a\u00f1os despu\u00e9s estar\u00eda atracada frente a la puerta de\npalo que siempre abr\u00eda a las tres de la ma\u00f1ana cuando tiraba oraciones a todos\nlados. Armado con vara y nylon encima de su canoa en la mitad del Pauperr\u00ed, las\nprimeras diez horas estuvo esperando el tir\u00f3n de la carnada que durante los\nsiguientes meses tampoco sucedi\u00f3. M\u00edsero, se levantaba muy temprano, tomaba el\ncamino que lo llevaba al lago donde ten\u00eda la canoa y all\u00ed se pasaba el d\u00eda.\nAlgunas veces le dol\u00eda regresar a casa con las manos vac\u00edas y otras, le dol\u00eda\nel pulgar. Pero todo eso se esfumaba en el instante en que ve\u00eda al pez\nbrillando en su cabeza y pensaba entonces en la forma de atraparlo. Comenz\u00f3 a\ntrabajar en una enorme red de pesca, la termin\u00f3 en tres d\u00edas sin descanso y\nnecesit\u00f3 otros tres d\u00edas para aprender a tirarla.<br>\nEn un a\u00f1o hab\u00eda pescado cientos y cientos de peces de muchos colores, pero no\nvolvi\u00f3 a ver ni una escama del pez de oro. En su cara quemada pod\u00edan contarse\nlas semanas, los d\u00edas, las horas de b\u00fasqueda y a\u00fan sus ganas de atraparlo\nsegu\u00edan intactas. Su hijo naci\u00f3 mientras pescaba. Ese d\u00eda la noche lo cogi\u00f3 en\nel hospital del pueblo, desesperado casi parte las puertas gritando que quer\u00eda\nver al hijo, a la esposa, que le abrieran. Hasta las once de la noche, cuando\npudo entrar, mir\u00f3 a su esposa y al peque\u00f1o a trav\u00e9s de un cristal, con sus\nmanos flacas y enroscadas, ella levant\u00f3 el cuerpito de Esperanzo, lo entreg\u00f3 a\nla mirada del padre que lo contempl\u00f3 del otro lado del cristal y no hubo pez de\noro que da\u00f1ara ese momento. Pero no dejo de intentar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;Se durmieron todos, madre e hijo en la&nbsp; p\u00e1lida camilla y M\u00edsero con la mejilla pegada\nal vidrio. El sue\u00f1o lo trataba con ternura hasta que vio al pez en su\nconciencia y despert\u00f3 con desespero, mir\u00f3 el reloj, exclam\u00f3 un par de cosas y\nal filo de la madrugada sali\u00f3 corriendo, diciendo lo de siempre, pensando m\u00e1s\nen el pez que en el nombre del reci\u00e9n nacido. Tres a\u00f1os despu\u00e9s recordar\u00eda a su\npeque\u00f1o mientras atracaba la canoa a la orilla del Pauperr\u00ed, pensaba en Esperanzo\ny lo grande que estar\u00eda y a\u00fan ese pez segu\u00eda dando vueltas en el lago. Ese d\u00eda\nluego de atracar subi\u00f3 al pueblo y al verlo su esposa le grit\u00f3: -Te dej\u00f3 sin\ndedo y ahora te dej\u00f3 sin familia-, la voz se le meti\u00f3 a la fuerza. -Han pasado\ncinco a\u00f1os, y t\u00fa sigues persiguiendo una ilusi\u00f3n en forma de pez-, le dijo\nmientras su ropa volaba por la ventana. El silencio hablaba por \u00e9l: -Hoy es tu\n\u00faltimo d\u00eda en esta casa- grit\u00f3 su esposa, y ese fue el \u00faltimo d\u00eda de M\u00edsero\nall\u00ed. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Se fue con los ojos aguados a vivir\na la orilla del lago, ese d\u00eda durmi\u00f3 en la tierra al lado de la canoa con el\nagua en los pies, despert\u00f3 arrastrado a las tres de la ma\u00f1ana, se meti\u00f3 al lago\ny empez\u00f3 a pescar. Al siguiente d\u00eda ya hab\u00eda juntado las suficientes tablas\npara construir una casucha frente al lago. Totalmente levantada en tabla y\nclavos, la casa no soportaba un cuerpo m\u00e1s que el de M\u00edsero, la brisa le mov\u00eda\ntodas las tablas y el sol se le filtraba entre las rendijas. Dentro, la casa\nera como una jaula de madera, como una pecera de madera, con una banqueta en\nmedio y una ventana junto a la puerta siempre apuntando al lago. Pasar\u00eda su\nvida all\u00ed encerrado revolviendo recuerdos con l\u00e1grimas, abrir\u00eda la puerta en la\nmadrugada una y otra vez, dir\u00eda las mismas cosas siempre al salir, lanzar\u00eda\nplegarias al montar la canoa y recordar\u00eda su vida mientras dejaba las huellas\nen la arena.\n\nDurante treinta a\u00f1os, entr\u00f3 al lago entre\noraciones y recuerdos y M\u00edsero nunca dej\u00f3 de tirar la red de la misma forma,\nnunca dej\u00f3 de creer que alg\u00fan d\u00eda encontrar\u00eda al pez. Con la red en el aire\ndesparramada en el horizonte, le brillaban los ojos como la primera vez que\nobserv\u00f3 al pez dorado llev\u00e1ndose su dedo. De repente la red toco el agua y se\nsumergi\u00f3 con velocidad tirando de la cuerda, M\u00edsero se encontr\u00f3 con un peso\ninusual, tir\u00f3 emocionado hasta la superficie y por fin lo vio, era tan\nbrillante como lo hab\u00eda imaginado desde hace tres d\u00e9cadas, lo apret\u00f3 tan fuerte\nque el oro de las escamas le cortaba la piel, la canoa bailaba por la lucha del\nhombre y el pez. -Ya eres m\u00edo- le grit\u00f3 M\u00edsero, mientras llevaba con una mano\nla canoa. Al estar en la orilla pudo contemplar al pez de oro bailando en la\npecera que siempre estuvo destinada para \u00e9l.&nbsp;\nDentro de la casucha frente al Pauperr\u00ed, en la banqueta, se preguntaba\nsi se le ir\u00eda la vida, si pasar\u00edan treinta a\u00f1os m\u00e1s, mientras sentado miraba al\npez brillar.\n\n\n\n<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>ISSN: 2665-3974 (en l\u00ednea) Luarevista 2, enero-julio 2019 por Alberto Mu\u00f1oz &#8211; albertomunoz0426@gmail.com Treinta a\u00f1os haciendo lo mismo, abriendo los ojos en la madrugada, embuti\u00e9ndose las sobras de comida que dejaba la noche anterior para luego meterse en su chaqueta de pescador, contar los nueve dedos que le quedaban en los pies y encontrarse con [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"image","meta":{"footnotes":""},"categories":[55],"tags":[22],"class_list":["post-1254","post","type-post","status-publish","format-image","hentry","category-numero-2","tag-cuento","post_format-post-format-image"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1254","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1254"}],"version-history":[{"count":15,"href":"https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1254\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":1706,"href":"https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1254\/revisions\/1706"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1254"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1254"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/luarevista.com\/web\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1254"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}