Los caballeros y los resistentes de las movilizaciones sociales

©Linda Esperanza Aragón, más de ella en http://lindaesperanzaaragon.blogspot.com/

ISSN: 2665-3974 (en línea)

Lua revista 6, julio-diciembre 2021

Omar Eliecer Lubo Vacca – oeliecerlubo@gmail.com 

Las participaciones del movimiento indígena en el estallido social en contra del Gobierno de Iván Duque despertaron actos y discursos violentos. Muchos de estos actos fueron propagados por las instituciones de Gobierno, por los simpatizantes de la propaganda del orden y la seguridad democrática, así como por ciudadanos de “bien” de las más altas esferas del país. Aun cuando existieron señalamientos por las redes en contra de la violencia hacia los indígenas con expresiones como “gobierno colonial”, “sistema señorial” entre otras que remiten a los problemas concomitantes de la conquista y la colonia, han sido pocos los análisis sobre estos hechos. Abrirnos paso en medio de este estallido para reflexionar sobre esta violencia hacia las comunidades indígenas y su relación con un discurso colonial que nace con la conquista, pero que se extiende hasta nuestros días, es la clave de estos pensamientos.

La relación con un posible discurso colonial la ilustramos con la figura prototípica del militar caballero. Pensamos en el militar caballero como parte del engranaje de un discurso colonial que privilegia una cultura: la hegemónica, la europea o europeizante, la cristiana y la cristianizada (Adorno, 1988). Caballero no es solamente quien organiza expediciones de conquista a través del mar y de las tierras, sino todo aquél que defiende y reproduce una visión colonizadora que busca dominar, subyugar y someter a quienes ellos consideran “salvajes”. Esta figura del caballero sirve para señalar algunas otras de nuestro tiempo que durante las movilizaciones sociales buscaron la dominación del indígena, así como para aquellas que justificaron los ataques violentos y la exclusión hacia las comunidades marchantes.  

Ahora bien, crece también en nuestro pensamiento unos sujetos indígenas creadores de unos discursos y de mecanismos de resistencia que subvierten ese discurso colonial. Estos discursos buscaron visibilizar la historia de los pueblos étnicos colombianos, las historias que se cuentan en el fogón, las que cuentan los abuelos y las abuelas, las que han quedado grabadas en canciones, en la tierra y en las piedras. Esta memoria propia de los pueblos indígenas borra el registro colonial que los concibe como salvajes y como excluidos, al tiempo que los sobrepone como herederos del territorio y con el derecho suficiente para participar social y políticamente en él.

El militar-caballero o el policía-paramilitar

Pensar en los discursos coloniales en América me remite a la figura prototípica del militar caballero que propone Rolena Adorno en su texto “El sujeto colonial y la construcción cultural de la alteridad” (1988). Esta figura le sirvió al europeo para evaluar el lugar del colonizador en las batallas de conquista. Él es representado en las crónicas españolas con la valentía suficiente para dominar a los indígenas salvajes. En este discurso, la misma colonización se propone como una proeza caballeresca que sólo es ejecutable por el sujeto masculino, blanco, emisario de la razón y del imperio. Por otro lado, la imagen que prevalece de los indígenas en estos discursos es contraria a la del militar: la figura del cacique vencido, encarcelado, la del indígena sujeto a la voluntad del colonizador, prima en las épicas de la conquista. 

El militar caballero le sirve a Adorno para pensar en un sujeto extemporáneo a la conquista que sigue reproduciendo con sus acciones y con sus discursos una visión colonizadora. El sujeto colonial que representa esta figura no se define por quién es, sino cómo ve: “no importa si el que habla es europeo o no, el criterio definitorio de este sujeto es la presentación de una visión europeizante, esto es, una visión que concuerda con los valores de la Europa imperial” (p.56). Este jinete militar sigue cabalgando en otros tiempos, en otros espacios y en otros rumbos donde sigue proyectando la mirada del colonizador. Por ello, que recuperemos su figura para identificar las huellas de un discurso colonial durante las movilizaciones sociales en contra del Gobierno colombiano.

El principal hecho que podría llevarnos a identificar unas figuras equiparables al militar caballero en las movilizaciones nacionales nace con la cacería abierta, con la persecución policial y paramilitar, con la embestida armada a la que se enfrentó la Minga indígena en la ciudad de Cali el 09 de mayo del 2021. En este escenario algunos sujetos armados, que señalaremos en seguida, planearon fríamente una estrategia militar que buscaba, paradójicamente por medio de la violencia, recuperar la paz que supuestamente habían desestabilizado las comunidades mingueras. 

Tal como relata la investigación hecha por Cuestión Pública, miembros de la Minga indígena salieron del Cauca por la vía panamericana directo a la capital vallecaucana para apoyar las movilizaciones en contra del Gobierno nacional. Sin embargo, estos miembros de la minga se encontraron con bloqueos escalonados organizados por civiles armados que impedían la entrada de los indígenas a la ciudad de Cali. En medio de estos bloqueos, el consejero mayor de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca, Harold Sacué, fue asediado e intimidado por varios sujetos vestidos de blanco que portaban armas y proferían insultos: “me dijeron que nosotros éramos exguerrilleros […] que si no salíamos de la camioneta nos iban a picar” (Ver testimonio en el canal del CRIC aquí). 

Ante esta situación, los miembros de la Minga, en especial los miembros de la Guardia Indígena del Cauca que residían en la Universidad del Valle, decidieron ir en sus chivas a rescatar a Sacué y a colaborar con la entrada a la ciudad de los hermanos mingueros. Sin embargo, las chivas de la Guardia también sufrieron nuevos bloqueos acompañados de amenazas y disparos. A la altura de la iglesia La María, la Guardia indígena se enfrentó a disparos accionados por sujetos armados vestidos de blanco, montados en camionetas de lujo, los cuales se encontraban respaldados por miembros de la Policía Nacional de Colombia: 

Uno de los videos grabados por los miembros de la Minga muestra cómo estos se acostaron en el piso, buscando refugio de las balas [ver vídeo aquí]. El camarógrafo afirmó afanosamente “la Policía está disparando. ¡Alerta, alerta, alerta! Instantes después, sonaron más ráfagas […] otro de los testigos grabó segundos del tiroteo desde uno de los pisos de un establecimiento comercial frente a la iglesia La María. Se observó así cómo un individuo vestido con camiseta blanca disparó mientras se encontraba detrás de un efectivo de la policía, quien no mostró reacción ante la detonación y continuó caminando junto al accionante del arma [Ver vídeo aquí]. (Cuestión Pública, 2021, ver aquí). 

En estos hechos, que han quedado registrados en vídeos y en denuncias públicas como las aquí citadas, policías y autodefensas buscaron con sus actos dominar, subyugar y reprimir a los indígenas, lo cual los hace equiparables al caballero militar español que buscaba los mismos fines en la época de la colonia. Estos grupos armados intentaron mediante las embestidas violentas crear un panorama épico donde nuevamente la figura del indígena caído, enjuiciado y asesinado, fuera triunfo del sujeto blanco, civilizado, astuto y valiente, veedor de los valores nacionales (imperiales). Con este proyecto los caballeros militares de nuestro tiempo se situaron en el lugar del héroe que busca por medio de las armas expulsar los salvajes y mantener la mansedumbre. 

Los caballeros de nuestro tiempo montan en 4×4, usan celulares de alta gama con los que se comunican entre ellos, trocan la espada por armas de fuego, la armadura por la vestimenta de blanco y tienen un hablado cool, de gente de bien, con el que esconden los insultos y las expresiones discriminantes. Estos caballeros contemporáneos se repiten al oído una historia, un discurso, una propaganda, en la que se conciben como salvadores, valientes, como acreedores de la paz y el orden. Por muchas horas ellos se intentaron erigir como protagonistas de una trama que lejos de desarrollarse en la sucursal del cielo, como reza la salsa caleña, desencadenó un ambiente cada vez más parecido al infierno. 

El salvaje de las indias o el indígena terrorista 

En la historia de América los discursos coloniales españoles han creado una figura estereotípica del otro por medio de la cual buscan justificar su dominación y sometimiento. Adorno (1988) nos recuerda que en los discursos europeos de la colonia los naturales son presentados en muchos casos como portadores de una ineptitud y rudeza. El indígena proyectaba con esta imagen débil y violenta la necesidad de ser regido por los colonizadores. Por ejemplo, Immanuel Wallerstein en su libro Universalismo europeo: el discurso del poder (2007) hace alusión al discurso de Juan Ginés de Sepúlveda, que Adorno ve como el mayor de los caballeros militares, donde este usa el argumento de la barbarie del otro para justificar la dominación y el sometimiento de los indígenas ante la junta de Valladolid. 

Pensamos que, así como en la colonia se construyó un discurso sobre el “otro” que justificó y permitió los genocidios, las intervenciones y las torturas, en Colombia durante las manifestaciones nacionales se construyó un discurso del indígena que permitió y justificó el ataque a la Minga el 06 de mayo del 2021. Este discurso se preocupó, como en la época colonial, de retratar a los indígenas como salvajes al señalarlos como terroristas e incivilizados. Lo preocupante de esta situación es que parte de estos sujetos creadores y reproductores de un discurso colonial en contra de la Minga son los supuestos garantes de una Constitución colombiana multiétnica y pluricultural que promete solemnemente respetar la diversidad, la autonomía y los derechos de los pueblos.

Los primeros ataques, como eran de esperarse, provinieron del partido de Gobierno del presidente Iván Duque. El expresidente, exsenador y presidente del Centro Democrático Alternativo, Álvaro Uribe Vélez, en su cuenta oficial de Twitter publicó en un trino el 5 de mayo del 2021 una foto de los carros del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) con el siguiente mensaje en el que alerta sobre la presencia del ELN en Cali y solicita la intervención militar: 

Grupo terrorista ELN en Jamundí, Valle. El camino es apoyar la acción de las FFAA con estricta observancia de la Constitución; evitar el avance de la defensa privada armada. No repetir preferencia del terrorismo sobre las FFA, se sufren consecuencias (Trino publicado en @AlvaroUribeVel). 

Aun cuando Uribe se excusa por su publicación, lo cierto es que con ella estigmatizó, relacionó y puso como blanco militar a los carros en los que se movilizaban los miembros de la Minga. Para la opinión pública este trino vinculó directamente al grupo indígena con la organización guerrillera: “El mensaje [de Uribe] es claro: CRIC Y ELN son equivalentes, lo cual es absolutamente falso” (CRIC, 2021, Párr.2. Ver aquí). Tal como manifiestan en un comunicado los miembros del CRIC, este trino hace explícita la necesidad de un sector de la población y, en particular, de Uribe de crear la figura de un enemigo interno, un blanco militar al que atacar, para deslegitimar el movimiento minguero y justificar la intervención militar a las protestas. Entendemos este mensaje de Uribe como el germen de los múltiples mensajes estigmatizantes y de los mismos hechos violentos del 09 de mayo. 

Para la senadora de la Comisión Primera del Senado, María Fernanda Cabal, los actos de violencia que sucedieron en el sur de Cali el 09 de mayo fueron organizados por la Minga. La senadora propone una versión de los hechos que contrarían los vídeos, las fotografías y los testimonios de lo que ocurrió en el lugar. Cabal presenta a los indígenas como terroristas, guerrilleros, violentos, pero además califica a los civiles armados como “valientes caleños” y como defensores de los bienes públicos y privados. En un trino publicado el día del ataque a la minga, la senadora Cabal escribe: “cuando los valientes caleños frenaron el ingreso de más indígenas armados (¿terroristas?) por Jamundí, inmediatamente fueron rodeados por los indios que están en Univalle” (@MariaFdaCabal, ver trino aquí). En otras ocasiones la senadora también manifestó saber de unas supuestas conexiones del movimiento indígena con planes de narcotráfico y terrorismo (ver entrevista aquí).

¿Qué buscan Uribe y Cabal al señalar a los indígenas como terroristas? Así como Sepúlveda en Valladolid buscaba con el “discurso del otro” la injerencia del imperio español en los pueblos amerindios, Uribe y Cabal buscaron con este discurso deslegitimar el movimiento indígena que se levanta en contra el Gobierno al identificarlos como guerrilleros y como aliados a grupos al margen de la Ley; pero, este perfil del otro les sirvió también para solicitar y justificar la intervención militar y paramilitar en las movilizaciones, las embestidas armada, la cacería y el espectáculo mediático de policiales y civiles jugando a ser caballeros coloniales. Cabal no recurre a un discurso nuevo e inteligente, a uno equivalente a la sagacidad intelectual de la que alardea, sino a uno mediocre usado hace más de quinientos años por los colonizadores españoles para justificar su intervención y dominación de las indias.

Este discurso colonial por medio del cual se busca definir al otro, como otro, en el fondo nace también por la necesidad de una autoidentificación y autoconocimiento (Adorno, 1998). Este discurso busca crear unos límites entre el bárbaro que es observado y el civilizado que lo observa. Adorno nos recuerda que, en la colonia, el afán de definir al otro indígena, pero también de ubicarlo y darle un lugar en el mundo, buscaba principalmente salvar el lugar del colono. Pensamos que estas estigmatizaciones de Uribe y Cabal buscan también defender su lugar en el régimen totalitario que ellos mismos efectúan desde sus lugares de poder, pero además pensamos este intento por salvar el lugar del civilizado también está presente con las declaraciones del presidente Iván Duque, el día del ataque a la Minga en la ciudad de Cali:  

Quiero hacerle un llamado claro a los miembros del CRIC. Hemos visto que la ciudadanía en este momento ha sufrido mucho por los bloqueos y sienten un rechazo en este momento a que se generen bloqueos adicionales o que se amenace su seguridad. Para evitar confrontaciones innecesarias, yo quiero hacerle un llamado a los señores del CRIC para que retornen nuevamente a sus resguardos. Le he pedido al señor ministro del interior que entre en contacto con ellos […]. También le he pedido al señor director de la Policía nacional que fortalezca las capacidades que se requieran para atender la situación de orden público. (Ver aquí).

Luego de haber sido baleada, insultada y discriminada, de tener un saldo de diez heridos, de ser presa de unas acciones que tienen como base un discurso profundamente colonial, la Minga se enfrenta a una alocución presidencial que los señala como provocadores de la violencia. Duque les pide a los indígenas abandonar la ciudad, pide la intervención del ministro del interior y de la Policía para “controlar” la manifestación, a la misma Policía que horas antes acompañó a las autodefensas en ataque armado. Pero, además, el presidente recurre a un tono dictatorial para expresarle a los miembros del CRIC que “retornen a sus resguardos”. 

El discurso de Duque busca principalmente salvar su propio lugar y el de sus simpatizantes al establecer unos límites fijos de interacción entre los indígenas y otros sujetos de la población nacional, entre la “civilización” y la “barbarie”.  La expresión dictatorial de “retornen a sus resguardos” reproduce un imaginario exótico del indígena que lo entiende como un sujeto lejano, distante, desconocido y peligroso que podría poner en jaque la civilidad. 

Esta distancia tajante entre lo uno y lo otro, entre el aquí y lo allá lejos, entre las comunidades indígenas y el resto del país (como si eso fuera posible), además de provocar mayor estigmatización y generar más odios, limita el poder político y social de las comunidades, así como su libre circulación por el territorio nacional. Esta limitación, que se busca hacer efectiva por medio del ministro del interior y de la Fuerza pública, contraría el artículo 5 de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas (2006) que mantiene el derecho de las comunidades de “participar plenamente, si lo desean, en la vida política, económica, social y cultural del Estado”.

Este discurso colonial que nace por la necesidad de autoidentificarse a partir de la definición del otro se extiende al lenguaje usado por las cadenas de televisión. Por ejemplo, El 09 de mayo, día del ataque a la Minga en Cali, Noticias Caracol publicó en su emisión de la noche un titular que decía: “Ciudadanos e indígenas se enfrentaron”. Con el titular se reproduce nuevamente el imaginario que ya hemos mencionado que concibe a los indígenas como excluidos, como miembros a parte de la nación y como sujetos despojados de todos sus derechos políticos y sociales al no ser parte del Estado, pero además se busca con él establecer una relación jerárquica entre diferentes grupos sociales, culturales e ideológicos, ocupando los indígenas una posición subalterna. 

Lo anterior se deduce porque en el titular no concibe a todas las personas involucradas en la noticia como iguales ante el Estado colombiano, tal como lo confiere la Constitución, sino que presenta como sujetos de derechos a unos y despoja de los mismos a los otros. En otras palabras, solamente con este uso del lenguaje, que contrapone el término indígena al de ciudadano, se crea un panorama de culpable-víctima a favor del caballero militar que oprime a los indígenas al presentarlo como un sujeto de derecho y de valores civiles, pero además al distanciarlo de lo salvaje y de lo ilegal, de lo bárbaro y lo extraño. La palabra “indígena”, como expone Estercilia Simanca Pushaina en su petición pública a Caracol para rectificar el titular, tiene una connotación estigmatizante que va en contra del buen nombre y la honra de las personas que se autoidentifican como tal (Ver petición aquí), esto principalmente porque en el contexto del titular el indígena es equivalente a infiltrado, ilegal e incivil. 

La palabra ancestral y el derrumbe de las estatuas: mecanismos para resistir 

Los grupos indígenas buscaron en el marco de las movilizaciones visibilizar la historia de los abuelos, de las comunidades, las que se cuentan al pie del fogón, las que se tejen, pintan y bailan desde el corazón de los pueblos. Los indígenas buscaron con sus discursos y acciones reivindicar la memoria de unos pueblos que se conciben como herederos de un derecho ancestral de habitar el territorio, que se identifican con una historia y unas prácticas que han tratado de ser borradas y que han sido estigmatizadas. Con esto, las comunidades étnicas resisten al discurso hegemónico colonizador que las concibe como violentas, excluidas y salvajes. 

Esto, lo podríamos pensar de la mano con los derrumbamientos de las estatuas en ciudades como Popayán, Cali y Bogotá protagonizadas por el pueblo Misak con los que buscaron visibilizar la memoria ancestral indígena ante la historia impuesta y altamente difundida por el patrimonio y el Gobierno. Por puntualizar en un caso, el 28 de abril del 2021, día del inicio del Paro Nacional, los indígenas del pueblo Misak, del Sur del Cauca, derribaron la estatua de Sebastián de Belalcázar. El tata Velazco, gobernador de Guambía y vocero del Movimiento de Autoridades Indígenas del Sur Occidente (AISO), explicó: 

Llegamos acá [..] para reivindicar la memoria histórica del pueblo Misak en el Valle Pube. Para reivindicar la memoria histórica del cacique Petecuy que fue asesinado por la corona española, por el genocida de Sebastián de Belalcázar que lo acabamos de tumbar acá en Cali. (Ver entrevista en El Tiempo aquí). 

Estas declaraciones del líder del pueblo Misak proponen la existencia de una memoria propia sobre el territorio, una memoria que reivindica el derecho de los indígenas de habitarlo y actuar sobre él conforme a sus tradiciones. Los Misak borran con sus actos el registro que guarda el discurso colonial propagado por la presidencia, por funcionarios del gobierno y otras personalidades que concibe a los indígenas como sujetos al margen, como excluidos del territorio y como salvajes sin razonamiento e historia, al tiempo que se sobreponen como herederos de un territorio habitado antes de los procesos de conquista y como portadores de una tradición histórica milenaria que ha sobrevivido en las generaciones gracias al círculo de la palabra y a los múltiples sistemas de representación de las comunidades.

Con el derrumbe los Misak ponen en crisis, no a la figura de Sebastián de Belalcázar, sino, a lo que representa el monumento: la predominancia de una memoria española, colonial, europea en el territorio nacional, que se traduce también en unas políticas de Gobierno que desestiman los problemas reales, el Buen Vivir de los pueblos y las historias originarias que narran el sufrimiento de los indígenas durante la conquista y la colonia. En este panorama, los Misak deconstruyen la historia oficial que representan los monumentos en las ciudades al preguntarse y preguntarnos quiénes son realmente los padres de la patria colombiana y si vale la pena erigirlos como estandartes de los valores nacionales. 

Lo anterior se entrelaza con otra forma de resistencia de las comunidades durante el paro y durante la historia de los pueblos colonizados en América que consiste en preguntarnos ¿quiénes son los verdaderos violentos? ¿Quiénes son los verdaderos salvajes en el relato de las luchas de resistencia? Las comunidades señalan que los verdaderos violentos no son los indígenas, sino las instituciones del Estado, las personalidades que lo conforman, y todos aquellos que justifican las masacres, las torturas y la represión en el país.

Para seguir con Pedro Velazco, este líder indígena responde a un periodista de Blu Radio, Néstor Morales, que le preguntaba con relación al derrumbe de la estatua de Belalcázar, si en algún momento los misak consideraron hacer las cosas “a las buenas”, dar un debate “civilizado”. Ante esto Velazco responde: 

Y ustedes creen que el gobierno ha dado debates civilizados a los pueblos indígenas en estos quinientos años de resistencia. Nunca lo ha hecho. Nos han demográficamente reducido […] ¿y eso ha sido civilizado? Nunca. Entonces no nos comparen […]. Nosotros estamos haciendo en el marco de nuestro derecho mayor de usos y costumbres contra la colonización del poder, contra la política de la guerra de ustedes, señor Néstor Morales, que es familia de Duque. (Ver entrevista aquí)

Velasco invita inteligentemente a la audiencia a subvertir el retrato violento que construye el periodista sobre los indígenas y presenta como verdaderos salvajes e incivilizados al gobierno nacional y a todos aquellos que han apoyado las prácticas criminales de reducir las tierras, mantener la guerra, aferrarse al poder para dominar y someter. Este mismo discurso fue sostenido por el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) cuando, tras las declaraciones de Álvaro Uribe donde asoció a los miembros de la Minga con el ELN, manifestaron que es el Estado el que ha tenido que acudir a matanzas y a ataques armados durante las luchas del pueblo (párr. 4. Ver aquí). Para la organización indígena, el verdadero violento es el Gobierno Nacional que durante décadas ha recurrido a sucias estrategias para silenciar las luchas de los pueblos. Resulta interesante que, en este mismo discurso del CRIC, se brinda una imagen de la Guardia indígena, estigmatizada por Uribe, como símbolo de resistencia desarmada, como ejemplo de la lucha pacífica que sólo recurre a la fuerza de sus bastones de mando para resistir a los genocidios. 

El movimiento indígena recibió durante las movilizaciones ataques de parte de sectores políticos, sociales, militares, y otros de alta influencia en el panorama nacional. Resulta importante no comprender estos ataques a los indígenas como unos desligados al discurso y al pensamiento colonial, sino como resultados de una educación, de una economía y de un sistema que sigue privilegiando un modo de vivir frente a las múltiples formas de relacionarse con el mundo y con la historia. Frente a estas miradas coloniales que se fijan sobre los movimientos de los pueblos, los indígenas también han tejido unos discursos propios que subvierten los discursos de poder. Estos discursos indígenas se constituyen en actos de resistencia al afirmar que las comunidades no son excluidas del territorio, sino que son herederas del mismos, pero, además, al invertir la imagen del salvaje que tradicionalmente se asocia en el pensamiento europeo con los nativos americanos, pero que en el discurso indígena son todos aquellos que buscan la dominación. 

Consideramos que el discurso de resistencia de las comunidades indígenas ha permitido abrir otras vías de participación que no sólo incluye a los indígenas, sino a toda la población nacional. Este discurso no lo entendemos como un discurso que quiera conducir(nos) hacia un esencialismo sin retorno, sino más bien como uno que nos direcciona a la participación de unas historias y unas memorias que fluyen y que se contraponen entre sí en relación con otros  discursos igualmente marginados por la historia oficial que son necesarios (re)pensarlos para la construcción de un futuro común: las memorias de las comunidades negras, la historia de los campesinos de nuestro país que aún siguen padeciendo injusticias, las historias de las comunidades queer, las memorias de muchas comunidades y sujetos marginados por la gran historia colombiana.

Nos preguntarnos para concluir ¿es posible adelantar unos diálogos incluyentes, heterogéneos, que incluya a todas las voces del territorio nacional, con un gobierno reproductor de un discurso colonial y permisivo con los actos de violencia no sólo contra los indígenas, sino también contra las mujeres, los jóvenes, los afros y contra todos aquellos que no simpaticen con las políticas del Estado? Pensamos que un diálogo verdaderamente significativo con el Gobierno se ve truncado por su mirada sesgada, racista, estigmatizante y colonial contra aquellos que piensan diferente, que proponen otras miradas políticas, sociales y económicas, que proponen una historia que nos incluya a todos y a todas, y un territorio donde nadie se sienta, ni sea, excluido, rechazado o estigmatizado. 

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