La sombra de Orión de Pablo Montoya

ISSN: 2665-3974 (en línea)

Lua revista 6, julio-diciembre 2021

Gyldyl Rodríguez  – rodriguezgyldyl@gmail.com

Pablo Montoya. (2021). La sombra de Orión. Bogotá: Editorial Penguin Random House.

“Mi persona no está hecha para compartir el odio, sino el amor”

 – Sófocles

Antes de disponerme a leer esta novela, me detuve a analizar una entrevista dirigida a Pablo Montoya, escritor de La sombra de Orión en la página web de Hacemos Memoria, un proyecto de la Universidad de Antioquia en el que se abren espacios de diálogo sobre el conflicto armado y la violación de los Derechos Humanos en Colombia. En esta, Montoya expone que la idea de redactar la novela surge en Francia, país al que viajó en el año 2015 pues ganó una beca para escribir. El novelista relata que se hospedó en un apartamento peculiar, con energías muy densas y que unas extrañas presencias no le dejaban dormir, por lo que el insomnio no tardó en aparecer y la lectura de la novela Dora Bruder, del escritor francés y premio Nobel de Literatura Patrick Modiano, resultó ser un buen pasatiempo en el cual invertir las horas de descanso interrumpidas. El libro trata sobre una desaparecida judía en la época nazi en París; Montoya cuenta que al terminarlo se conmovió, y que no estaba seguro si era el ambiente lóbrego de aquel lugar o la narrativa modiana, pero sintió “que los desaparecidos de La Escombrera en Medellín, atravesaban el océano y le tocaban la puerta de ese apartamento para decirle: “Ocúpese de nosotros” (veáse en: http://hacemosmemoria.org/2021/02/06/la-sombra-de-orion-una-novela-sobre-violencia-y-desaparicion-forzada-en-medellin/).

Desde siempre me he sentido atraída por lo sobrenatural, aquello de lo que nadie habla, lo que no tiene explicación. Teniendo en cuenta esta particular inclinación, considero que el hecho de que la novela tenga sus cimientos en una experiencia “fantasmal” le da un carácter fascinante, pues inquieta y propicia la curiosidad por leerla. Asimismo, encuentro cierta relación entre la vivencia del escritor y la temática del libro, pues ambas se desarrollan en un espacio sombrío atravesado por la muerte, como expondré en líneas posteriores.

Pablo Montoya es un profesor y escritor colombiano, nacido en Barrancabermeja. Ha abordado en su recorrido literario múltiples géneros como la poesía, el cuento, y el ensayo.  Hasta el momento ha publicado 6 novelas, entre las que destacan: Tríptico de la infamia (2014), La escuela de música (2018) y La sombra de Orión (2021). Con esta última cierra el ciclo de obras que retratan la violencia en América Latina, específicamente en Colombia.

La novela en mención, está constituida por 9 capítulos, algunos más extensos que otros, cada uno trabaja un tema en particular: la operación, las bandas, Alma, las milicias, el mapa, los paramilitares, la sonoteca, la escombrera, la cura. Con un dominio histórico admirable y la emoción saliendo a relucir en cada palabra escrita, Montoya a través del personaje principal de la novela, Pedro Cadavid, nos zambulle brutal pero paulatinamente, en las comunas populares de Medellín, presentándonos una de las problemáticas más tristes y desgarradoras de nuestro país: las desapariciones forzadas. Este fenómeno se asocia en la novela específicamente con la Operación Orión, llevada a cabo el 16 y 17 de octubre de 2002 en la comuna 13, en la cual el Estado se unió a los paramilitares y narcotraficantes, por orden del expresidente Álvaro Uribe Vélez. Con el objetivo de eliminar los grupos milicianos sublevados, ubicados en la comuna. 

Pedro Cadavid, acababa de llegar de París cuando se desplegaba esta operación, por lo que al avanzar en la lectura de la novela, vamos junto con el personaje conociendo qué pasó en la comuna en esos días, qué sintieron los habitantes de la zona, cómo personas externas a la situación pertenecientes a la élite de Medellín apoyaban la masacre por intereses propios, y cómo otras simplemente se desentendían de lo que acaecía: 

  • ¿Pudiste dormir? –preguntó Pedro cuando se levantó.
  • Claro –dijo Raquel.
  • ¿No oíste el despelote de anoche?
  • ¿Cuál despelote?

Pedro se preguntó si todo lo había imaginado. Mientras desayunaba, habló de los helicópteros, de las balaceras y los bombazos.

  • Solo al amanecer la cosa se calmó –dijo.
  • ¡Ah!, debió ser La Comuna –dijo Raquel.
  • ¿En serio no escuchaste nada?
  • Lo que pasa es que pongo el ventilador cerca a mi cama, para que ningún ruido de afuera me moleste (p.60-61).

Teniendo en cuenta la cita anterior, Montoya nos presenta la imagen de una ciudadanía indolente, en la que el olvido carcome cual cáncer la dignidad y humanidad de las personas, así como los cimientos de la ciudad. La obra está plagada de personajes a los que no les interesa en absoluto lo que ocurre en las comunas, por el contrario, normalizan y hacen cotidiana la enfermedad de la violencia: “Y no nos engañemos, Pedro, ciudades sanas nunca han existido. Todas tienen su anomalía” (p.28). La novela es una suerte de espejo, que refleja nuestra falta de empatía y nos invita a reflexionar sobre todo lo que le debemos a aquellos olvidados en las estadísticas, pero que por un momento vuelven a la vida mientras leemos sus historias. 

El capítulo de la escombrera es el que mejor permite esa resurrección momentánea y el diálogo con los fallecidos, siendo el más desgarrador y visceral de todos los apartados, crea temporalmente un puente entre vivos y muertos. El narrador omnisciente de la novela se deja invadir por las voces de los muertos como la de mujer que les daba tinto a los milicianos y fue asesinada. La del chico que vendía lápices y cuadernos y recibió un impacto de bala en la cabeza o Machuca, un niño desplazado marcado por las llamas de la violencia, al que le encantaba cantar y danzar cuando estaba vivo. 

La novela aborda la violencia en Medellín, desde la auto-reflexión. Se formula preguntas a sí misma, se ramifica; pone especial atención al arte, la literatura y la música que se dan en la comuna y desde esa posición, hace resistencia. La postura artística la encarna un personaje particular, el cartógrafo, quien dedica su vida al diseño de un mapa en el que se registran diariamente las muertes, un atlas que parece no tener fin. La posición literaria, se presenta desde el cuestionamiento, ¿cómo enfrentarse a la problemática de la violencia desde la literatura? ¿Cuál sería su objetivo? ¿Existe una relación de consanguinidad entre episodios siniestros y la narrativa colombiana? (p.81). Finalmente se aborda la violencia desde la música, convirtiéndola en instrumento para dignificar a los desaparecidos: el musicógrafo de la escombrera es el único que encuentra algo de ellos, aunque sean solo vestigios incomprensibles de lo que alguna vez fue vida. De esta manera, el escritor demuestra que el fenómeno de la violencia se puede plantear desde diferentes aristas y no solo desde la narco o paraco-novela. 

Con un final inesperado, Montoya nos demuestra que la violencia puede llegar a somatizarse y convertirse en enfermedad, que quizás todos la llevamos por dentro, y que debemos buscar como Pedro Cadavid, la forma de sanar. El último capítulo “La cura” nos permite presenciar el decaimiento de este personaje y su descenso al mundo de los muertos. Nos adentramos en una narración en la que los sueños, las pesadillas y las terapias de sanaciones ancestrales, así como sus medicinas, tienen singular relevancia. Es así como Alma, (pareja sentimental de Cadavid) cumple un rol primordial, pues es ella quien a través del amor guía a Pedro cual Beatriz de Dante, a lo que será su nuevo nacimiento. El amor entre estos personajes  funge como impulso y apoyo para hacer y dejar un legado, un producto palpable que permita recordar y dignificar la vida de los desaparecidos. A su vez, también permite soportar la terrible sensación de vivir en una ciudad enferma.  

En suma, Montoya presenta el amor y el retorno a lo natural como una forma de curación del alma y el cuerpo. Este es un llamado a reconocer la oscuridad en la que hemos vivido como país y aceptarla, para así de una vez por todas pasar la página y salir del atolladero en el que por años hemos estado inmersos. La Sombra de Orión más que un libro dedicado a la comuna 13, es una cartografía de la violencia en Colombia.     

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