Brotes de represión

©Linda Esperanza Aragón, más de ella en http://lindaesperanzaaragon.blogspot.com/

ISSN: 2665-3974 (en línea)

Lua revista 6, julio-diciembre 2021

Edgar Guillermo DeLaMark Bolaño. – edgardelamar1@gmail.com

El reloj marcaba la 1:30 p.m, moví todo dentro del morral buscando mi celular, muy en el fondo vi parpadear su pantalla y al tomarlo su brillo se volvió más intenso. Marqué el número de Julián y noté que su voz sonaba agotada, quizá por la travesía de su casa hasta el punto de encuentro.  

– Ya llegué, estoy aquí, pero creo que entraré a la tienda de la esquina, compraré unas botellas de agua, ¿Quieres algo? – dijo agitado.

– Que te apures, estás tardando mucho- respondí.

– Ya, cálmate, estoy aquí mismo, ¿dónde estás?- preguntó.

La gente se empezó a amontonar, parecía que había media ciudad congregada dispuesta a marchar para solicitar cambios en el país. Quizá, al fin, las personas se habían aburrido del yugo que nos sometió por mucho tiempo. Mientras pensaba en eso, contemplaba la posibilidad de que al terminar de marchar iría a casa de Diosa, una morena bien bonita que había conocido el mes pasado. Cuando me estaba dejando ir demasiado en mis pensamientos, alguien me regresó a la realidad con un leve golpe en la cabeza. 

– ¡Jaime, qué!-  me saludó mi amigo como habitualmente lo hacía- Ey, qué montón de gente, ¿verdad? Espero que la cosa esté suave, no como en Cali- decía Julián mientras tomaba agua. Para saludarlo; le regresé el golpe haciendo que derramara un poco de agua sobre su camisa.

– ¡Boca rota! -, nos reímos mientras él trataba de secarse, esa poca risa me hizo sentir aún más la tensión que había en el ambiente. – Marica, es que el pueblo está descontento, ya ni miedo tienen, ¿por qué llegas tarde a todo, te estabas maquillando?- pregunté para reír una vez  más

– No´mbe, ojalá fuera eso, estaba convenciendo a mi mamá para que me dejara venir. Tú sabes cómo es de pesada esa señora para estas cosas.

Aunque en sus ojos había una sonrisa, en ellos también se asomaba la preocupación que le producía pensar en que algo malo podría pasar. 

– Le juré que volvería a casa, respirando y sin ningún rasguño, eche, es más me hizo jurar que tú le asegurarías que vamos a regresar sanos.

–  Joda, mi mamá ni sabe dónde estoy, en fin, ¿a qué hora es que empieza esto?

– Por ahí escuché que va a empezar a las 2:15, ya las personas se están organizando, deberíamos unirnos también. Mira, allá están los del colectivo.

 Julián alzó sus brazos y los agitó en el aire para hacer notar al grupo de apoyo que ya estábamos ahí. Nos acercamos al grupo de defensores: nosotros tendríamos vinagre, maicena y agua a la mano por si alguien llegaba a necesitarlos. 

– Buenas tardes grupo, ¿cómo les va?  Escuché en coro un murmullo diciendo “bien” y di por terminado mi saludo. Pero Julián se detuvo a darle la mano a cada uno de ellos y se quedó hablando con una chica, Andrea creo que era su nombre. 

Las calles parecían un río de gente y cuando empezó a fluir Julián y yo tomamos la posición que habíamos acordado. El recorrido fue desde el punto de encuentro hasta un parque en el centro de la ciudad, donde se terminó con un plantón artístico. A medida que avanzábamos comenzaron los viroteos y los cánticos que acompañaron la marcha, proclamando que éramos la minga. Mientras algunas personas se unían desde los balcones de sus casas. Aunque no salían a marchar, con cacerolas y sartenes apoyaban la causa, era sorprendente la unión del pueblo. Salí de mi ensoñación sin saber si había estado en silencio o no, pero sentía mi garganta arder como si hubiese cantado con el alma y escuché a mis compañeros cantar. Observé a Julián a mi lado, con las mismas energías con las que comenzó. A pesar de que habíamos caminado bastante aún faltaba un largo trecho. Sin importar la distancia, seguíamos alzando nuestras voces al unísono:

– ¿Quién es usted?

– ¡SOY ESTUDIANTE!

– ¡No lo escuché!

-¡SOY ESTUDIANTE!

– ¡Una vez más!

– ¡Soy estudiante soy, soy estudiante soy, yo quiero estudiar, para cambiar la sociedad! ¡Vamo´a la lucha!

En el silencio, entre cántico y cántico, comencé a analizar nuestras palabras: era curioso, cantando ese estribillo me di cuenta que para eso llevaba años estudiando, para cambiar la sociedad, para salir adelante y llegar a ser quien quería ser. Giré la cabeza un poco y entendí que era la realidad de muchos. Por ejemplo, Julián. Él me contó que su mamá se esforzó mucho para que él mismo y sus dos hermanos pudieran estudiar en la universidad. Allí estábamos todos, luchando para que la educación estuviera al alcance de todos. 

-¡Somos estudiantes, hijos de este pueblo, que no nos conformamos con este mal gobierno!

-¡Suben los impuestos a los alimentos! ¡Fuerzas militares, represivas criminales!

Algunas ciudades se desmoronaban, jóvenes eran asesinados, personas inocentes estaban siendo golpeadas y estábamos todos hartos: estudiantes, campesinos, comerciantes, la nación misma. Colombia, uno de los países más desiguales de Latinoamérica. Pensaba esto mientras unía mi voz con la de los demás. 

-¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué nos asesinan? ¡Si somos la esperanza de América Latina!; Yo no quiero ser, un falso positivo, pa´darle vacaciones a un tombo malparido. 

-A parar para avanzar, ¡VIVA EL PARO NACIONAL!

Sentía mi cara arder por el sol y el calor, pero en mi mente la ira ardía igual. En la historia de Colombia, las muertes de los estudiantes fueron, siguen y seguirán siendo una herida que sangra y duele. A Dilan y a Lucas, y a los otros tantos asesinados durante las protestas, nunca los conocí, pero ahora lloré por sus muertes. Ambos fueron víctimas de las fuerzas represivas de la policía y el ESMAD (Escuadrón Móvil Antidisturbios, supuesta unión para mantener el orden y la seguridad de la población, pero eso es puro cuento). A mi papá lo desaparecieron cuando yo tenía 6 años, aún recuerdo la depresión por la que pasó mi mamá y las amenazas que recibió al preguntar por él. Esto pensaba y se incrementaban mi ira.

Mientras seguíamos marchando, llegamos a la zona rosa de la ciudad, en donde viven los más privilegiados, también se escuchó la voz de ellos. No eran gritos de apoyo, eran insultos. Pero el silencio por los ataques verbales inesperados no duró mucho, la multitud empezó a corear mi favorito de todos:

– Pueblo mirón, únete al montón. Su hijo es estudiante y usted el trabajador.

Y lo repitieron como un mantra, era la oración desesperada, esa que se usa cuando se pide  aquello que es casi imposible. En ese momento, fue inevitable recordar la imagen de Julián arrodillado, pidiendo al trozo de yeso del que era creyente, un milagro para que la empresa de salud aprobara la operación que su padre necesitaba con desesperación y sí la aprobaron, pero cinco meses después de que el señor falleció. En esos momentos, reafirme mis motivos para seguir protestando. 

El sol comenzó a esconderse y la brisa nos refrescó un poco. Ya faltaban unos cuantos kilómetros para llegar y mis provisiones de agua se habían agotado, tenía que buscar el grupo de apoyo para pedir hidratación. Dejé a Julián con algunos amigos mientras regresaba con los líderes del grupo. Pero a medio camino, se desató el caos, la multitud comenzó a dispersarse. Busqué el origen del escándalo: un grupo de personas ajenas a la protesta intentó saquear un almacén de cadena. Entonces, vi que varios de los compañeros estaban sujetando a los intrusos y, siguiendo el procedimiento común, los alejaban de los almacenes creando un cordón humano.

La marcha continuó sin mayores incidentes, aunque debido al caos anterior, volver a mi lugar con Julián me costó casi media hora. Cuando lo encontré, estábamos a unos metros del punto del plantón. A pesar de estar cansadas por caminar a tremenda distancia, las personas parecían más animadas. Faltaba solo una calle, lo habíamos logrado. El bloqueo de la carretera se daba con total calma, todo estaba tranquilo, pero de un momento a otro llegó el ESMAD. Parecía que el tiempo se hubiera detenido, la tranquilidad que reinó antes se escapaba poco a poco.

Alguien de la multitud lanzó uno de sus zapatos y golpeó a uno de los integrantes del ESMAD y de repente, toda la alegría se transformó en una lluvia de humo, la gente empezó a correr. A muchos nos ardían los ojos, las ganas de toser fueron inevitables y así empezó el pandemónium.

– ¡No se separen! -, gritaba alguien. Buscando el vinagre en mi bolso lo regué sobre un montón de cosas, solo podía pensar en cortar ese ardor infernal. Uno de los agentes del ESMAD lanzó un gas lacrimógeno y cayó a unos cuantos centímetros. Como primer instinto, lo pateé. Mi celular resbaló de mis manos y dio contra el suelo, me agaché a recogerlo y escuché otro estruendo. Un dolor intenso atravesó mi pecho.

Sabía que algo no estaba bien, así que me preocupé por mirar a mi alrededor y corroborar que nadie estuviera herido. La multitud hizo un círculo alrededor de un muchacho tendido en el piso. Lo primero que se me ocurrió fue acercarme a ayudar. Quien estaba en el suelo era Julián. Estaba tosiendo y sangrando, su camisa blanca estaba enrojecida por la sangre. Aparté a las personas a empujones y llegué hasta él. Mi hermano, mi amigo, estaba allí tendido, seguramente recordando la promesa que le hizo a su madre. Los brutos e indolentes seguían avanzando, sin detener sus inclementes ataques. Personas de DDHH, arriesgando sus vidas, se acercaron para moverlo a un lugar seguro. 

– ¿Cuál es su nombre? – creo que preguntaron. 

– Julián Quintana, su tipo de sangre es A negativo. Empecé a soltar toda la información que me sabía de memoria. No dejaba de hablar, me moría de miedo. Él era, ¡NO! Él es un joven de bien, pensé. Sabía que él no estaba haciendo nada, todo me daba vueltas. Mi visión fallaba, los recuerdos me aturdían. Me dolía recordar sus sueños y aspiraciones, sus ganas de ser pintor, no podían quitarle eso. No podían quitarle su humanidad, su anhelo de salir adelante, sus deseos de un mejor país. 

Le costaba mucho respirar y yo pensaba en qué le iba a decir a su mamá. Una madre no debería enterrar a sus hijos, yo no tendría la fuerza para hablarle a esa dulce señora que esperaba a su hijo en casa. Era imposible que no me sintiera culpable, teníamos que regresar juntos y completamente sanos. Las sirenas se escuchaban a lo lejos, parecían acercarse. 

– Hermano, quédate ¿sí? No te vayas, abre los ojos, mírame. Por favor, yo no podría sacarte un son, me destrozaría el alma que te murieras. Vamos, resiste, que ya vienen los médicos. 

 La gente alrededor se hacía la misma pregunta que yo: ¿por qué demoraba tanto la ambulancia?

Note cómo la temperatura descendía, y me sentí más débil, por un momento creí que Julián me soltaba, pero fueron mis manos las que perdieron fuerza, solté el agarre. Cerré los ojos para contener las lágrimas y, al abrirlos, me doy cuenta de que quien llora no soy yo, es él.

Escuché a los de derechos humanos decir que no hay mucho que hacer, que perdí mucha sangre: si la ambulancia no llega pronto, no sobreviviré. Quien agoniza soy yo, recuerdo el dolor en el pecho, todo era más claro. Ellos lanzaron un disparo. 

Espero que este país cambie, que sus hijos no tengan que pasar por las cosas que nosotros pasamos.   

– Los del ESMAD bloquearon todas las calles, no dejaron pasar a la ambulancia. Esto fue lo último que escuché. 

Que gobierno tan infeliz. Pensé.

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