Un canto enérgico frente a las llamas de la indiferencia

ISSN: 2665-3974 (en línea)

Lua revista 5, enero-junio 2021

Por Leslie Jiménez Serge – lpatriciajimenez@mail.uniatlantico.edu.co

El incómodo color de la memoria de Javier Ortiz Cassiani (Bogotá: Libros Malpensante, 2020 2° edición)

“Negro soy desde hace muchos siglos. / Poeta de mi raza, heredé su dolor. / Y la emoción que digo ha de ser pura / en el bronco son del grito / y el monorrítmico tambor. / Es hondo, estremecimiento acento / en que trisca la voz de los ancestros, / es mi voz. / La angustia humana que exalto/ No es decorativa joya para turistas/ ¡Yo no canto un dolor de exportación!”

Jorge Artel: Negro Soy

La llamada nueva normalidad ha cambiado los rituales del encuentro: antes de ella, las antiguas copas de vino sobre los inmaculados manteles, la conversación de pasillo y la consabida firma en los lanzamientos de libros eran obligatorias, hoy todo eso ha sido reemplazado por las sonrisas enmarcadas en los recuadros oscuros de las plataformas virtuales y las interrupciones constantes de conexión; ahí, en las pantallas instaladas desde la intimidad de nuestras habitaciones, demonizadas, tildadas en otros tiempos de frías y distantes, se han creado nuevas liturgias que  emulan las hogueras ardientes de un pasado remoto.

En una de esas hogueras, con ocasión del lanzamiento de El incómodo color de la memoria, el historiador y periodista Javier Ortiz Cassiani afirmaba ante el fuego, con la voz pausada pero convencida que lo caracteriza, que “ante nuestro pasado esquivo y construido unilateralmente, era necesario afinar las preguntas que permitieran seguir interrogándolo con acierto, ya que en esa medida estaríamos verdaderamente construyendo conciencia no desde un mero ejercicio retórico, sino desde el deseo mismo de avanzar a la configuración de una nación verdaderamente justa con todos sus actores”  Reafirmándolo en las páginas de su libro, dónde leemos: “que los dioses nos libren de promover una glorificación del sujeto negro del pasado y la indiferencia ante el sujeto negro del presente” (p. 244). Cual oficiante, Ortiz aviva una vez más la pira de la justicia y nos presenta un trabajo de excelente factura que desde su segunda edición aumentada pregunta enérgicamente por la construcción del sujeto negro en la configuración del concepto de la nación.

Las llamas que arden desde las páginas de El incómodo color de la memoria son un canto construido desde las preguntas que desde siempre lo han perseguido:  las historias, los relatos narrados con la precisión del historiador que ha andado por mucho tiempo en los senderos de la búsqueda de la memoria en un país desmemoriado. Esto, a través de la incursión de su voz en el periodismo y la literatura, donde se ha posicionado gracias al “dominio de una prosa que no sacrifica la belleza por la exactitud” (p 17), como afirma Alfonso Múnera Cavadía, en el prólogo del libro.

El texto es una antología que viaja a través de siete capítulos entre las brumas de distintos textos que han sido publicados como columnas de opinión en diarios como El Heraldo, El Espectador, El Malpensante, o como el contundente “Pregonar lo evidente” (pp. 81-87) que fue leído durante la ceremonia de entrega de la Mención de Honor Luis A. Robles a los afrocartageneros y delimita un camino que incluye una serie de pinceladas familiares que lejos del anhelo, indagan desde el origen sobre sus propias preguntas. Estos retratos familiares, como postales de un vívido pasado, son narradas en el primer capítulo, donde el autor nos invita a conocer las imágenes inspiradoras de su vida: la figura admirable de su hermano, su padre, su valerosa hermana y todo el trasfondo familiar que lo sustenta. En el segundo, tercer y cuarto capítulo traza con maestría una ruta de valientes y desgarradores relatos en los que invita al cuestionamiento acerca del lugar de lo negro en la historia y específicamente en la invisibilización que ha operado en Colombia y el mundo. En “Primeros planos” ofrece una serie de perfiles entre los que se encuentra la amplia reivindicación que ha venido haciendo de la lírica de Candelario Obeso, alejando el estereotipo y acercándose a la inmensa dimensión estética y política del poeta, ante la que Colombia aún está en números rojos.

En los últimos apartes, como un entrañable doliente de Cartagena de Indias, el autor presenta “Las murallas al desnudo” afirmando que todas ellas son un “sitio de memoria afro” estableciendo una serie de evocaciones frente a los atropellos y desigualdades que se viven en la ciudad del “excesivo culto a la piedra”. El historiador finaliza el libro con “entre líneas, entre comillas” aun portando el hisopo chorreado de tinta con la incomodidad que trae la inequidad vivida en la propia piel y seguro de que continuará poniéndole nombre a las infamias de la ciudad tatuada (p.245). La voz de oficiante de Ortiz Cassiani es una lectura obligada que merece ser analizada, enmarcada y pronunciada a gritos para continuar avivando la hoguera, con la esperanza de que algún día consuma la indiferencia de la nación sin memoria.

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