Mucho más allá

©Jenilee Montes

ISSN: 2665-3974 (en línea)

Lua revista 5, enero-junio 2021

Wendy Fonseca – fonsecarivaldowendyyuranis@gmail.com

Intentaba encontrarla, quería ver una diminuta parte de ella, así tan solo por unos  efímeros instantes. Pero escapaba de mí con una prisa absoluta y, aunque permanecía inmóvil, y apenas visible, se ocultaba tras las ramas secas de un opaco y sombrío arce. Intentaba moverme un poco, de un lado hacia otro, pero seguía sin conseguir resultados. 

-¡Un banquillo! -pensé. -Así podré verla. Sin embargo, un poco más de altura no funcionó. Quizás deba conseguir algo afilado para deshacerme por fin de ese estúpido impedimento. -¡Claro, esa es la solución! -me grite a mí mismo. -Esa, esa será la solución -repetía en mi mente sin cesar. Pero ¿cómo cortaría una gigantesca rama desde un balcón? Quizá logre cortarla si me apoyo en el barandal y me sujeto fuerte con una cuerda. Aquel plan parecía fácil en mi mente. Pero, fracasé, y una abrupta caída lastimó un poco mi rodilla izquierda, con un golpe que se tornaba lila y que adornó como un toque final  mi nuevo y vano intento.

Me rehusaba a abandonar la incontrolable necesidad de verla. Así que, como intento final y con un imaginado resultado tranquilizante para mí, decidí bajar los destrozados y casi inacabables escalones.

-¡¿En serio piensas bajar esos infernales escalones?! -gritó una anciana desde el otro lado del edificio.

-No tengo opción -respondí. Es una desgracia que el ascensor no funcione. Estúpida administración -agregué.

-Hijito, baja con mucho cuidado, que no te vayan a sorprender tratando de salir.

La maternal advertencia de la anciana me hizo recordar que si bajaba, las consecuencias iban a ser nefastas, sin embargo, hice caso omiso a lo que se me avecinaba si rompía las reglas. Me encontraba dando brincos a pasos largos descendiendo las que parecían ser las escaleras que me llevaban al mismísimo infierno. La idea de un tortuoso castigo no me detuvo, pues contra todo yo quería conocerla y no podía tolerar el tener que asomarme a medias sombras en el balcón para tratar de divisar su perfecta silueta desnuda a través del color de la noche.

Ya habían transcurrido veinticinco minutos y mis pasos se alentaban por el cansancio. Mi respiración desprendía un aliento ahogado y mis pulmones batallaban por aspirar bocanadas de aire como intento de seguir con su labor, de mantenerme vivo, si es que realmente lo estaba. Poder verla era mi motivación, la necesidad irrevocable que tenía de comprobar que estaba vivo, pues verme con aquellos desgastados jeans y con esas pálidas camisas que no reflejaban ningún tipo de color, encerrado en cuatro paredes igual de inertes e inexpresivas, me hacía pensar que nada de esto tenía sentido y que solo ella podría salvarme. 

Todo a mí alrededor parecía ser tan blanquecino, incluso mi propia piel reflejaba el descolorido vacío de la nada. Ella por el contrario parecía desprender una luz que me cegaba por breves instantes invadiendo mis pupilas y haciéndome entrecerrar los ojos en un acto repetitivo, de intentar verla siempre y esforzarme por encontrar un espacio perfecto en donde su imagen se me presentara totalmente clara. A pesar de la lejanía, solía pensar en aquellos primeros meses en los que creí que observarla durante toda la noche, iba a darme pista alguna de su nombre y que mis ojos hace algunos meses, no habían visto cosa alguna como ella.

Un tropiezo extenuante me sacó de mis pensamientos. El final del ascenso se divisaba y mi objetivo parecía estar tan cerca, casi acariciaba una muy esperada victoria. El gran portón de madera con sus dos imponentes hojas se me atravesaba en el camino, mis pasos me acercaron al final de las escaleras, estiré un poco las manos para abrir las puertas y por un breve instante cerré mis ojos ante lo que parecía mi encuentro final con ella, el sonido de la madera golpeando las paredes me estremeció tanto la piel que emanó de mí un muy profundo respiro. -¡La vi! -me dije. Pero la figura de dos hombres con miradas amenazadoras y sus manos cerrando unas grandes rejas negras que acompañaban la puerta, me frenaron.

El miedo entremezclado con la gallardía me incitaba irracionalmente a tirar con todas mis fuerzas para tratar de salir, mientras empujaba los gigantescos guardias, pero otra gran parte de mí se sobresaltó por el temor y solo le ordenaba a mis pies que ascendieran de vuelta sin permitirme mirar hacia atrás. Mi corazón latía con rapidez y las gotas de sudor resbalaban constantemente por mi rostro, incluso, podía sentir cómo caían en mis brazos con cada zancada, escaleras arriba. Sin darme cuenta, mi cuerpo había tomado el control y mi mente me aconsejaba que guardara prudencia y mantuviese la paciencia mientras hallaba una ocasión perfecta para verla. Nuevamente me encontraba encerrado en mi habitación, el vacío del lugar causaba en mí tanto sinsentido que lo único que podía hacer era tomar un poco de agua del dispensador y deslizarme hacia lo único que me acompañaba en ese lugar, una incómoda e insípida cama.

La noche desaparecía y con ella se escapaba la oportunidad de poder verla, pues a los rayos del sol, ella no se dejaba ver y las primeras filtraciones de la clara luz me recordaban  esa desagradable soledad que me invadiría otra vez. Ante mi reflejo en el cristal de la puerta, con la mirada perdida,  mis ojos sin encontrar paz y mi mente alentada a perder las esperanzas. Las paredes acolchadas que pretendían cuidarme de mis propios golpes y mis inhumanos castigos me impedían acabar con el tormento de no tenerla cerca. Los días parecían infinitos y las noches solo me servían para intentar buscarla, pero en alguna de tantas oscuridades, ella simplemente no aparecía y no podía entender por qué.

El sueño me alcanzaba y mi ser se disipaba en la nada, estaba a punto de perderme en el mar de los sueños donde por ratos, pierdo la existencia misma, la vida misma; de improviso el sonido de la puerta eléctrica abriéndose me trajo de vuelta y dos hombres acompañando a una mujer de bata me llamaron:

-¿Víctor? ¡Víctor! ¿Estás despierto? -preguntó la doctora Lanx.

-Debe estar soñando con poder ver a su amada, como de costumbre, se desprende de su camisa y puede bajar a buscarla -se dijeron uno al otro los acompañantes.

-Parece ser que ya la conocen, ¿por qué no me permiten verla? -respondí mientras aún seguía acostado dándoles la espalda.

-Nadie te niega eso -respondió Ramiro, el más amable de los dos hombres- podrás verla cuando ella te lo permita.

-Así será Víctor, no te preocupes -concilió la doctora. Olvídate de eso por ahora y mira lo que te hemos traído. Arreglamos el banquillo que usabas para mirar por la ventana y te trajimos una cortina para que puedas separar el baño de tu cama.

Treinta y cuatro velas adheridas a un pastel de cumpleaños iluminaban una pequeña parte de la habitación, las tres personas me llamaban tratando de hacerme levantar del banquillo, pero mi ser no cedía a tal petición y solo podía contar una a una esas pequeñas lucecitas que eran tan ajenas a la palidez de mi recinto.

-¿Pedirás algún deseo, Víctor? Vamos, este día es especial y te complaceremos en lo que pidas, pero debes recordar los límites. Te hemos visto asomar por la pequeña ventanita que da al exterior, ¿quieres ver algo, ver a alguien? No has salido de esta habitación en casi treinta y cinco años. Adelante ¡pide tu deseo!

Desenvolví un poco el nudo que tenía en los pies y les ordené el continuo movimiento de atrás y adelante que representaba mi ritual para indicar mi serenidad frente a la psiquiatra. Con la mirada perdida fuera de mis visitantes, buscaba un ángulo que me permitiera divisarla y por un momento pensé conseguirlo. Una fugaz alegría invadió mi corazón, pensé acariciar con mi rostro uno de sus desprendidos rayitos de luz, pero nuevamente el fracaso se burló de mí y me recordaba el llegar de las noches oscuras en las que la pensaba cada día para alimentar mi alma y en todas aquellas  horas de silencio dentro de  mi habitación en las que no podía conciliar el sueño.

Verme tan incómodo alzando la mirada, causó algo de empatía en los guardias, pues Ramiro me estaba quitado la camisa de fuerza y mirando a través del cristal en la ventanita de arriba, me dijo:

-Una luna… una luna llena. 

-¿Una luna? –repetí. La sorpresa me había sobrecogido por completo y Ramiro me conducía fuera del lugar y tomando mi brazo me guiaba hacia una gigantesca ventana que quedaba a unos cuantos metros de allí.

-Mírala -me dijo. Tras él, la doctora añadió una velita más al cremoso pastel.

Brillaba tanto, que mis ojos casi perdieron su órbita y era tan grande que ni en mis más profundos sueños logre imaginarla así y aunque permanecía muy lejos del alcance de mis caricias, podía sentir la suavidad de su textura en mis poros, el olor suave que emanaba de ella y la brisita cálida que la acompañaba como guardián de su belleza, no podía dejar de pensar que todo estos años me había negado la vista de algo tan sublime, me había excluido de descubrir mi propio sentido y ahora tan solo se revelaba ante mis ojos clara y por fin descubrí lo que tanto me costaba hallar, el porqué de mi vida, que no era otro más que verla. Admirarla a ella, “Luna”, “se llama Luna” me dije.

-Así es -respondió la doctora. Es ella.

-Feliz cumpleaños Víctor -dijeron al unísono. Instantes después soplé las velas.

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