Gélida

©Jenilee Montes

ISSN: 2665-3974 (en línea)

Lua revista 5, enero-junio 2021

Janneiders Jiménez Pedroza – janitojimenezp@gmail.com

 -Sé que no es el momento de decírtelo, sé que las cosas no salieron bien desde un principio, y no es seguro que aún existan las probabilidades de mejorar el presente. Quise hablarte muy temprano, pero las circunstancias no lo permitieron. Nunca lo permiten. La situación siempre es cambiante, pero ahora que estamos aquí juntos, lo mejor será que hablemos sobre el problema. Esta mañana sentí que me observabas, pero claro, cuando vuelvo mi mirada hacia ti ya no lo estás haciendo. Te haces la importante, la ofendida. Nunca tienes culpa de nada y eso es entendible, pero no mucho para mí. Cuando te conocí, no sabía que podría entregarme tan completamente a alguien de esta manera. Llegaste aquí, espontáneamente, así como las tormentas en el árido desierto, arrasando todo por delante, destruyendo mi control y mis ansias reprimidas, aquellas que me costaron tanto trabajo empujar con fuerzas dentro del baúl de mis emociones. Pero de nada sirvió. Ahora estamos aquí, juntos. Tú me permitiste hacerte mía y yo me entregué a ti, pero al parecer eso no te importó. Dime, ¿por qué no hay solución en esto? 

Tomó la mano de la mujer, pero ésta, acostada bocarriba, sólo permaneció con su mirada fija hacia el lado contrario de su hablante. 

–No me querrás ni hablar, lo sé. Aún con esa actitud sé que te duele de igual manera. Todo esto vivido es igual a las hojas color ámbar en otoño, que toman de la mano al viento y lo acompañan hasta donde el incomprensible destino lo permita. Comprendo tu situación, y no deberíamos estar haciendo esto, pero ¿qué más da? El amor es así. Es casi imposible no dar todo por alguien a quien le has cedido  las riendas de tus locuras, tus manías, tu felicidad, aquella que tenías guardada dentro de sí por mucho tiempo y ahora puedes compartirla con quien más lo deseas. Sin embargo, sabía que lo nuestro no duraría mucho. Tú misma me lo hiciste saber con tu forma de mirarme, con tu actitud, con tus caricias, con tu manera de hacerme el amor. Cualquiera podría haberse dado cuenta de ello, pero tus palabras en mis pensamientos siguen escuchandose a cada hora, en cada momento, y aunque por poco casi me ahogo en falsas esperanzas, ya no hay forma de remendar esto. 

Apretó la mano de ella, pero esta no le respondió. Estaban desnudos y con las sábanas puestas a medio cuerpo. Él, colocándose a medio lado, empezó a acariciar, con la suave yema de sus dedos, el entrepecho de la mujer. 

–¿Sabes que no puedo resistirme a ti? Desde que te vi entrar por aquella puerta supe, a pesar de que no habías tenido un buen día, que te robarías mi corazón. Estabas un poco demacrada. Sé que a veces la vida nos trata duro, y no es que sepa mucho sobre tu pasado, pero sé muchas de las maneras en las cuales expresas tu dolor. No te gusta sonreír mucho, tus motivos tendrás, pero cuando lo haces, siento que lo disfrutas tanto como yo al verte hacerlo, o hasta cuando pienso que lo haces. También te agrada mucho la soledad y yo respeto eso, y aunque tampoco eres muy conversadora, adoro cualquier palabra bien o malintencionada dicha por ti a mi oído mientras hacemos el amor, mientras danzo encima de ti, al momento en que nuestro agitar se confunde como uno solo y hasta puedo lograr sentir el violento apretar de tus dedos sobre mi nuca. Aun así, nuestra relación, incolora y misteriosa, se ha debilitado poco a poco, como la roca salada que es golpeada día tras día por las fuertes olas, aquella que se ha ido erosionando y posiblemente, lo mejor sea que vivamos este hermoso momento como el último. 

Dejó de acariciarla. Regresó a su posición anterior, y en esta ocasión, sintió que ella deseaba decirle algo. Pero nada ocurrió. Él quedó a la espera mientras apretaba su mano. 

–¿Entonces no dirás nada? Odio cuando haces eso. Te quedas callada solamente y soy sólo yo quien debe iniciar y concluir este tipo de diálogos sin solución. Me da lo mismo ya. Cuando te oigo apenas puedo entender lo que me dices, y tampoco le das una buena solución a nuestra problemática. Siempre es lo mismo, pero hoy será diferente. Hoy la cuestión es definitiva… Sintió frío. 

–Maldito aire –dijo al momento de taparse completamente con la sábana–, siempre hay algo que debe interrumpir lo nuestro. Lamento no haberte podido dar más momentos agradables, pero debes saber que todo lo que hice, lo hice por amor. Así que no debes quejarte y, si lo haces, hazlo al menos fuera de mi rango auditivo, con otras personas, con tus amigos. Aunque dudo mucho que puedan escucharte, ellos también tienen sus problemas como tú. Son cosas que pasan, como cuando el destino une dos corazones, sólo sucede y ya. Nadie tiene que estar culpándose por esto o aquello. Si es nuestro final, entonces debemos aceptarlo y ninguno de los dos deberá arrepentirse por esto. Te irás lejos y ya no podremos comunicarnos siquiera. Tal vez ni desee saber hacia dónde te marcharás, no me interesa. Es más, arrancaré mis ganas de buscarte, ni aun sintiendo esto que me quema cada vez que tus recuerdos llegan a mí. 

Se levantó del lecho mientras la observaba. Ella, tan indiferente, tan opuesta a las reflexiones de él, tan callada. Él pensó que ella podría estar odiándolo.  Ya en pie, él empezó a ceñirse su traje blanco. 

–Sigues sin decir algo. Ya no tendrás que decirme nada dentro de algunos momentos. Intentaré no pensarte en los próximos días, aunque sé que no va a ser fácil, pero juro que lo intentaré de nuevo. Amar es demasiado para mí, lo he intentado antes y como siempre, las cosas no salen tan bien como uno quiere. En esta ocasión seré más fuerte que en la anterior. Puedo pedirte que te quedes, pero de nada serviría, porque sé que irte será lo mejor para ambos. Podría intentar verte una vez más, pero eso no sería bueno para mí. Pienso mucho sobre lo que puedan decir los demás de mí: que soy débil, que de nada me sirvió prometer tantas cosas anteriormente, que estoy loco… O simplemente podría perder mi trabajo, pues tú también eres parte importante de esta empresa. Bueno, creo que lo que sigue ya tú lo sabes. Espero no sientas rencor hacia mí. Es inevitable. La vida es injusta y el amor sufre las consecuencias. 

Dobló la blanca sábana en varios cuadros y la puso al lado de ella. Después, empujándola por los pieceros, rodó la camilla hasta dirigirla a la zona de conservación. Se detuvo al frente de una de las bóvedas frías, torneó un pestillo, y la jaló hacia sí, sacando una larga base de aluminio que quedó justo al lado de la camilla. Enderezó el rostro de ella y, con sumo cuidado, la pasó de la camilla hacia la base metálica: primero los pies y luego los hombros, revisando que quedará en la posición adecuada. Por último, revisó la etiqueta amarrada en el dedo gordo del pie derecho y acto seguido, acarició sus rígidos y fríos muslos al momento de regalarle una sincera sonrisa. 

–Los amores pasajeros no deberían doler tanto –exclamó mientras la guardaba de nuevo.

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