El coronavirus: entre el control y la incertidumbre

©Besnik Grainca, más de él en: https://www.instagram.com/besnikgrainca/

ISSN: 2665-3974 (en línea)

Luarevista 3 y 4 , julio- diciembre  2019/enero- junio 2020

Por  Santiago Galvis – santiagogalvisv@gmail.com

Un medio de comunicación en Estados Unidos llama la atención sobre el aumento desmedido de casos de coronavirus en Nueva York: culpa al presidente Donald Trump y a su estilo tosco e insensible que no comulga con los valores solidarios que se esperarían del presidente norteamericano en tiempos de pandemia. En Brasil, un influyente periódico de circulación nacional fija las mayores responsabilidades en las actitudes mesiánicas y el fanatismo de Jair Bolsonaro; se le endilga falta de planeación, incapacidad manifiesta, atisbos de insensatez. Por su parte, aquí en Colombia, los fervientes seguidores de las redes sociales persiguen peleas interminables para identificar el responsable originario de la llegada y propagación del SARS-COV-2 en el país; apuntan a que la clave fue la fecha en que se ordenó el cierre del Aeropuerto el Dorado en Bogotá, como si los virus sólo viajaran en primera clase.

En estos momentos, buscar responsabilidades es una conducta casi natural. Ante los altos grados de incertidumbre, miramos a nuestro alrededor para buscar culpables, alguien que nos ofrezca certezas de que no hemos sido nosotros. Quienes gobiernan son sin duda un blanco excepcional; en tanto son ellos los encargados de orientar las acciones colectivas, movilizar los recursos disponibles y establecer las prioridades de acción de las distintas instituciones capaces de atender una pandemia, su responsabilidad es manifiesta. Desde luego que tenemos que exigir de ellos actitudes sensatas que contribuyan a apaciguar los efectos de la COVID-19: necesitamos mejores sistemas de salud, que quienes nos atienden cuenten con las condiciones e insumos óptimos, mecanismos de cooperación y solidaridad que apoyen a quienes más sufren, y estrategias de distanciamiento que ralenticen la propagación del virus. También tenemos que ser firmes al demandar transparencia: con el manejo de la información, con el uso de los recursos, con la implementación de acciones certeras. 

Sin embargo, más allá de que tan acertado o incompetente es o pueda llegar a ser un gobierno, también debemos tener claro que las epidemias, como la vida misma, no responden a causas singulares susceptibles de ser controladas individualmente. Las acciones del Estado y de la sociedad pueden orientarse en la dirección que ahora estimamos correcta, pero nuestros planes no siempre coinciden con las alternativas que contemplan los virus cuando interactúan con sus huéspedes, siempre en contextos distintos, siempre en circunstancias particulares. El virus aislado en un laboratorio no es igual que aquel que se reproduce libremente por una ciudad densamente poblada, y ninguno de los dos se comporta de la misma manera que aquel que muta para evadir la astucia del sistema inmunológico. Ante semejante escenario de posibilidades cómo exigir el control absoluto, cómo identificar responsabilidades singulares. 

No quisiera dejar la sensación de que debemos resignarnos y esperar a que cualquier cosa suceda. Es necesario que, entre todos, cooperemos para reducir las posibilidades del virus; paulatinamente hemos ido aprendiendo cómo hacerlo, siempre con acciones colectivas. Sin embargo, también podemos empezar a aceptar nuestras limitaciones, reconociendo que no hay manera de tomar el control de una situación donde las decisiones están distribuidas. Los seres humanos, los virus, las poblaciones actuamos siempre en contextos particulares. Por lo tanto, controlar sus acciones no depende de la capacidad y el ingenio de un director talentoso, sino de las contingencias que permiten la consumación de interacciones diversas. Quizás valga la pena pensar, más bien, cómo actuar en el marco de esas interacciones. Todos soñamos con tomar el control de la epidemia para regresar a la cotidianidad que conocíamos. Tal vez convenga despertar para reconocer en la incertidumbre una característica constitutiva de la vida que se niega a ser domesticada. 

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