El pueblo que da vueltas

©Eliana García

ISSN: 2665-3974 (en línea)

Luarevista 3 y 4 , julio- diciembre  2019/enero- junio 2020

Por Alberto Muñoz – albertomunoz0426@gmail.com

Acabas de notar que estás en un extraño lugar, extraño porque no puedes distinguir nada. Las caras, las casas, nada aquí te resulta familiar. El pueblo es como cualquier otro, pero no lo reconoces, hay muchos árboles, todos arrastrados por una cálida brisa que los mueve y observas en el paisaje cómo una verde coreografía de hojas logra distraerte de las rarezas de este sitio. Te sorprende la disposición tan estrecha de las calles al caminarlas. Es un pueblo pequeño, ya lo descubriste, te ha tomado pocos minutos. Lo que no has logrado comprender es dónde estás, por qué estás aquí y por qué todo está girando.

Sigues andando y tropiezas. Piensas en el color de las casas repitiéndose en tus ojos, en el aroma de los barrios, en el ruido de las palomas, en la tarde de esta angosta plaza y en las miradas de todo el mundo vigilándote como a un extraño. El tiempo también gira y no lo has notado. Se te escurren los minutos y te perturba la idea de no saber nada, por lo que dedicas todo a encontrar cualquier cosa que te guíe hacia lo conocido, buscando hasta en las grietas del pueblo.

Otra vez llegas al mismo punto y sientes equivocar tu rumbo, el cansancio te muestra laberintos donde había callejones y por primera vez reconoces que estás perdido. Se agotan tus intentos desesperados por hallar respuestas, la noche aparece y sigues sin saber nada. De nuevo estás en la plaza frente su iglesia de adoquines rojizos rodeada de altas palmeras. Tu cansado cuerpo te lleva hasta una banca y te sientas antes de poder pensarlo, la sensación de mareo no se detiene, todas las cosas giran sobre ti. La noche avanza y en tu cabeza crece la idea de resignarte, te ves vagando por las calles, sucio y hambriento en el mismo pueblo que da vueltas y que no puedes reconocer.

— Yo también estuve como tú. — te dice una voz que sientes desde la parte izquierda de la banca.

Te limitas a escucharlo, es un hombre de cabello blanco y abdomen amplio que se acomoda de un lado. Conservas la postura mirando hacia el cielo, no puedes contar las estrellas, pero sabes que hay pocas y te obligas a recordar cómo llegaste aquí, no puedes. A pesar de no confiar en nada aquel hombre no te es del todo desconocido, continúas mirando hacia arriba pero ya no buscas nada, has perdido toda la necesidad de saber dónde estás y te complaces viendo las luces a lo lejos, en las profundidades del cielo oscuro

— Sé lo que estás buscando. —Y el hombre hace una pausa que lo detiene todo, como si tu tiempo estuviera en sus palabras. 

El hombre a tu lado cada vez se acomoda más en su puesto. Ya has recorrido todo el pueblo, conoces sus más íntimos basureros, el orden, los tejados, las terrazas, pero sigue siendo ajeno y sigue girando.

– Ese es el lugar que buscas. — Te dice el hombre mientras señala.

Delante de su dedo descubres el blanco pálido de una casa, resplandece entre todas y una puerta abierta te invita a pasar. Pasas tan rápido por la puerta doble que has ignorado el aspecto clásico que adorna a la casa.  Estás dentro, en otro laberinto de largos y curvos pasillos llenos de puertas. De nuevo empiezas a andar y tropiezas con el baldosín satinado del suelo hasta que puedes hallar a alguien.

–¿Quién eres? —Se preguntan al mismo tiempo.

De frente a este otro hombre te percatas de cosas que antes no podías ver,  tu barba áspera, la sensación de miedo en tu mirada, las huellas del día regadas por todo tu cuerpo. Entonces lo comprendes y el hombre frente a ti se desdibuja, en su lugar va quedando un espejo de cuerpo completo en un marco de bronce, aquel hombre es tu reflejo.

Las vueltas del pueblo empezaron a detenerse, todo parece recuperar su naturaleza, el pueblo empieza a llenarse de entornos conocidos, ya no es el extraño pueblo en el que vagabas. Estás en tu casa, reconoces la textura de las paredes, las ondulaciones del tejado y las imágenes a través de las ventanas, todo lo extraño se degrada en una imagen borrosa en tu cabeza.

Acabas de notar que estás en un lugar muy familiar, lo reconoces todo, no cabe duda que esta es tu casa, son los pasillos que siempre has recorrido. Todas las cosas conocidas fueron apareciendo como si se colocaran sobre las que ya estaban antes. Reconoces el florero que brilla en la sala encima de la mesa rodeada de sillas, la reconoces a ella sentada como esperando algo, su cabello largo y negro, sus ojos marrones mirándote.

—Te ha vuelto a pasar. —

Y también reconoces su voz.

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