Ya vienen las lanchas

©Ana Maria Cabrera más de ella en https://anamariacabrera.weebly.com

ISSN: 2665-3974 (en línea)

Luarevista 2, enero-julio 2019

Por Sergio Andrés Mejía – sinsellop@gmail.com

Cuando Esteban despertó, estando aún oscuro, puso sus pies sobre el suelo y recordó que no había corrido la piedra de la alcantarilla en el patio, recordó también, que toda la noche había llovido fuertemente. Se lamentó.

Se repuso, buscó sus botas en el gran charco y lo único que vio fueron un par de barquitos de papel que se estrellaban contra la pared. Los niños reían y chapoteaban en la cocina.

-¡Elena!- gritó Esteban

-¿Café?- preguntó ella

-Se nos olvidó correr la piedra, fue tanta la bulla y la fiesta que así no más nos acostamos.

Esteban cargó a sus hijos y los secó con su camisa, los dejó encima de la mesa, bebió café y salió al patio. Allí era todo barro. Corrió la piedra, encendió un cigarrillo y esperó. Elena secaba los cuartos y la sala con trapos viejos.

Esteban solo estaba de paso por las fiestas, ocultándose, debía regresar esa misma mañana al monte. Esperó en el patio hasta que las primeras lanchas salieran del pueblo.

Salió como quien huye, tanteando los pasos, evitando hacer el menor ruido por los charcos, metiéndose en las sombras más grandes. Recordó la última asonada, en la que él y su grupo, cargado con fusiles y capuchas, llegaban al pueblo tumbando y destruyendo todo. Vio la iglesia sin campana y la cancha empozada. Escupió.

Estuvo un momento esperando su lancha y percibió todas las cosas que ven los muertos: notó que el sol ese día no iba a salir, que la lancha, de alguna manera u otra, se estaba demorando.  En el río, lejos, vio los barquitos de papel de sus hijos. Todo esto lo sintió Esteban de repente, cuando se escucharon los disparos en el pueblo. Nadie dijo nada. Solo Elena que cerró los ojos y buscó a sus hijos en la oscuridad.

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