Cuestión de orden

Por: Anderson Cortina

anderyecortina@gmail.com

©Maria Laura Ise, más de ella en: http://marialauraise.com/

Era sábado por la tarde. Luego de un largo rato, al fin había terminado mi labor de limpieza; con aire satisfacción en el pecho, recorría cada lugar del apartamento contemplando el brillo de los pisos, inhalando la fragancia de canela del ambientador y disfrutando el orden que allí abundaba. En medio de ese ambiente de tranquilidad, me recosté en el sillón, cerré los ojos e inhalé profundamente para sentir aún más el olor a canela. Quise no moverme de allí, congelar el momento para gozar mi paz; pero debía hacerlo, la tarde caía y se acercaba la hora para conocer a Luciana o “Luci0217”, que era el nombre que usaba en la página web de citas. Nunca pensé que buscar pareja en internet me funcionaría, pero poco a poco se convirtió en una gran esperanza, que Luciana alimentaba a diario en nuestro chat, pues era una persona con la que tenía mucho en común.

Entusiasmado con la cita, me levanté del sillón y tomé una ducha con la que me sentí impecable, había afeitado perfectamente mi barba y enjuagué mi boca un par de veces. Tendida sobre mi cama aguardaba la ropa que usaría en la cita: una camisa vino tinto y un pantalón negro que no mostraban ninguna arruga, además de un par de zapatos muy bien lustrados. En pocos minutos estuve listo, me miré en el espejo varias veces y siempre quedé complacido por cómo me veía; así que decidido, pero con algo de nervios, fui por las llaves y me dispuse a salir.

Luciana propuso encontrarnos en un restaurante que ella había visitado una vez, dijo que el lugar le parecía armónico y elegante, y yo entusiasmado con ello, acepté que nuestro primer encuentro fuera allí. Me agradaba que el sitio estaba a pocas cuadras de donde vivo.

Cuando llegué al restaurante quedé sorprendido. En efecto el lugar resultaba ser armónico y elegante, sin embargo, noté que estaba casi vacío; solo estaba una familia que ya se levantaba de su mesa y, al fondo, una dama que a pesar de su vestimenta juvenil parecía rondar los cincuenta años. Decidí entonces tomar la mesa al lado de la familia y justo cuando me acomodaba en la silla mi cita apareció por la puerta. Era tal cual que en su foto de perfil, cabello perfectamente rizado y tez trigueña. Ella también me reconoció; esperaba no decepcionarla. Me levanté de la silla y ella caminó hacia mí, intercambiamos formalidades estrechando nuestras manos y luego tomamos asiento.

La cita había transcurrido de maravilla, reímos, nos dimos cuenta una vez más de las cosas que teníamos en común, de lo parecido que éramos. Disfruté contemplando de cerca la detallada estética en su forma de maquillarse y hubo un momento en que ella me lanzó cumplidos por mi forma de arreglarme. Todo marchaba sobre ruedas, pero mientras cenábamos, mi desbordada comodidad se disipó cuando por la puerta apareció un tipo que resultó desagradable a mi vista: corbata desajustada, melenas despeinadas y un bigote que crecía en forma desproporcionada. Lentamente avanzó hacia el interior y aunque deseé que no lo hiciera, se sentó justo en la mesa de al lado. Traté de retomar la conversación que tenía con Luciana, pero el grito tosco del tipo, con el que llamaba al mesero, hizo que me sacudiera y a ella también. Su forma de hablar era estrepitosa, tanto que estando afuera se podía escuchar lo que ordenó. Luciana me miró y arqueó las cejas en señal de disgusto. Aun así, proseguimos con la cena.

Luego de un rato, apareció el mesero con lo que había ordenado aquel hombre y una vez el plato sobre la mesa, nuestro vecino empezó a comer de una manera que hizo que se me aceleraran las pulsaciones. Parecía como si no hubiera comido en días. Traté de no darle importancia al asunto, sin embargo, el ruido de los tenedores golpeando la cerámica a cada momento me hacía apretar la mandíbula. Tomé un poco de agua e intenté conversar con mi cita. Ella también parecía algo incómoda.

El agua logró relajarme un poco, pero al levantar la mirada, la mesa de ese sujeto llena de migajas me hizo dar un leve golpe sobre mi pierna para controlar de nuevo mi exasperación. Ya empezaba a enloquecer. Percibía el ruido de los tenedores cada vez más fuerte, podía escuchar cada migaja cuando caía; en mi cabeza parecían un estruendo. No recuerdo jamás haber visto a alguien tan descuidado, pero allí estaba, con la boca embarrada de comida igual que un niño y haciendo un sonido repugnante al masticar. Me sentí sucio solo con presenciar ese acto. El momento me pareció eterno, comparable con una tortura. Mientras tanto apretaba con fuerza mi tenedor tratando de no hacer estallar mi enojo.

Finalmente, el hombre terminó de comer. Pensé que mi tortura había acabado, cuando de repente escuché salir de su boca un detestable eructo. Luciana me miró con el rostro encolerizado, y yo sin pensarlo me arrojé sobre el tipo haciéndolo caer al piso. Apoyado sobre él, clavé mi tenedor en su rostro varias veces, mientras, él gritaba de dolor y por más que se cubría, no pudo evitarme; pronto su cara de llenó de puntos rojos.

En ese momento, cuando mi euforia estaba al máximo, el grito de pavor de la dama del fondo hizo que me detuviera. De inmediato me incorporé y recapacité ante mi bochornoso acto. Con el rostro cargado de vergüenza miré a Luciana, no la noté tan asombrada como esperaba y por el contrario parecía enfadada mientras observaba al hombre retorcerse en el suelo. Tuve deseos de salir corriendo, pero ella caminó hacia mí, tomó el tenedor de mi mano y volvió a agredir a aquel hombre; luego, con gran ímpetu, agarró mi mano y echó a correr conmigo detrás.

Hoy, dos años después de esa escena, me preparo para otra cita con Luciana. Esta vez llevaré un anillo de compromiso y estoy seguro de que no se negará, porque somos iguales, nos gusta lo mismo:  aquella escena demostró que somos tal para cual.

 

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